CANTAR POR LA VIDA... NO IMPORTA SI ES POR TRISTEZAS Ó ALEGRÍAS



"Estos Cantos se harán en versos o en prosas; lo que importa de ellos es la forma de mover los sentimientos. Si éstos son de alegría: ¡Que Viva la Vida!... Y si son de tristezas ¿qué le vamos hacer? pero... ¡Que siga Viviendo la Vida!"

domingo, 16 de enero de 2011

LA TRAMOYA

“Uno no es por lo que escribe, sino por lo que ha leído.” (José Luis Borges).
Busqué un pedazo de papel. En él escribí la dirección que me dictaba ella. Salí inmediatamente, como quien lleva un mensaje importante. Atravesé media ciudad. Subí por la avenida Olaya Herrera. Iba en el auto de mi padre. Pero al llegar a la calle 72, sentí una sensación extraña, mis pensamientos se confundieron y la vista se me nubló. Pise el freno con fuerza, el ruido se hizo estridente, y el auto se detuvo. Me aflojé la corbata, la respiración se me acortaba, la sensación de angustia se hizo latente. Bajé el vidrio e hice seña con la mano a un vendedor de frutas que pasaba precisamente en ese momento a mi lado. Él, se me quedó mirando muy sorprendido. Opté por volver a repetir la seña. Entonces, aquel señor se me acercó, abrió como pudo la puerta, me ayudó a descender del auto, me dio su hombro y me condujo hacia la acera, donde sin aliento, me senté y esperé que se me pasara el malestar. Lo cierto era, que ya era demasiado tarde, mi corazón dejó de latir en ese instante; pero yo seguía vivo para mi conciencia y mis adentro.
Mientras tanto, ella me esperaba como lo acordado. Pero, nunca se imaginó que yo no iría a cumplir con su cita. Porque a esa hora, yo era llevado hasta una clínica cercana al sitio donde me había conducido mi último aliento. Tomó el teléfono y se dispuso a llamar, marcó reiterativamente, nadie atendía su llamado. Fastidiada desistió de su intento, se sentó en el sofá de la sala de espera. En ese instante, su mirada se detuvo en la revista Dainer que estaba sobre la mesita de centro, la alzó para leer un titular resaltado que despertó su curiosidad. Decía textualmente, “¿Tiene usted un seguro de vida… qué espera para tomarlo? Usted ni nadie es dueño de su vida”. De inmediato se acordó que su marido (Yo) tenía que ir al cardiólogo antes de pasar por la oficina de su abogado con quien tendría que ponerse de acuerdo sobre los términos del divorcio que habían comenzado a tramitar hacia ya escasos quince días. Sin embargo, no se preocupó, porque ella sabía con certeza que Yo nunca cumplía la hora de una cita, esto se me había vuelto una costumbre, tanto, que ella en forma de sorna me decía siempre gritando: “¡ni cuando te mueras vas a llegar puntual a tu propio entierro”. Encendió un cigarrillo, volteó la hoja de la revista… y fue tal su sorpresa, al ver mi foto encabezando una espeluznante crónica, cuyo titular era “Muere hombre asesinado por su amante a la salida de una clínica donde se recuperaba de un pre infarto”. Le pareció extraño, la Dainer no es revista sensacionalista, jamás publicaría una noticia de esa. No le dio más vuelta en su cabeza. Dejó la revista, tomó su cartera y salió corriendo de esa oficina, subió a su auto y partió a toda prisa. En el camino, hizo dos o tres llamadas; pero ya era demasiado tarde, su plan ya no tenía revesa.
La vi llegar, tan elegante que al comienzo no la conocí, sino es porque alguien, ahora no recuerdo quién, me la presentó, hubiera sido capaz de enamorarla, a mi propia viuda, y en mi sepelio. Pero era ella, la misma mujer que hacía no más de quince días me había pedido el divorcio. Y había urdido un plan macabro para acabar con mi vida. Ella, en esta ocasión, vestía muy elegante, llevaba un traje, corte Dior negro, unas zapatillas de igual color y unas gafas oscuras, para no dejarse ver sus fingidas lágrimas. La salude y la llevé hasta donde estaba mi madre. Se miraron en silencio, se dieron un abrazo y se sentaron frente a frente, cada una al lado del féretro donde yacía mi cadáver. Yo suspiré. Pensé que alguien podía descubrirme, y fui hacia el hall. Me perdí en el humo de los fumadores y en sus murmullos, y entré en las charlas desobligantes de algunos de mis parientes imprudentes. Nadie me reconoció, ya para qué, para todos los presentes, yo estaba muerto. Y todos, entraban y salían de la sala después de comprobar que en realidad quien estaba allí muerto, era yo. Pero yo no me convencía y me negaba aceptar esa fatídica verdad. Así estuve toda la noche, yendo y viniendo, hasta que sentí cansancio y me acosté en uno de los muebles que estaban en el corredor. Me quedé profundamente dormido. Cuando desperté me hallé encerrado en este sarcófago o… quizás es un laberinto sin salida, y en realidad, todavía es la hora, y no sé qué es. Intento salir, hago un esfuerzo sobre humano, pero todo es inútil. Entonces, grito, golpeo, pataleo, pero sólo me responde mi fracaso, mi inutilidad. Sé que estoy aún vivo, y que esta confusa oscuridad no es más que el producto de esa maldita anestesia que me pusieron en la clínica. Sé que me despertaré en unas horas y podré asistir a la cita que tenía con esa otra mujer. Sé que ella, mi esposa, lo tiene todo fríamente calculado, que va a querer quedarse con la casa, y a mí no me va a quedar otro remedio que quedarme con el carro, porque está viejo y ella ya no quiere nada con trastos viejos. Sé que los niños no formaran parte del reparto, porque ella también los quiere, porque es una forma de asegurar un poco más de su cuota pensión. Todo eso lo sé. Pero algo me dice que las cosas no van a salir como yo las pienso. Por eso espero, que ojalá ella piense igual que yo y se le olvide la cita. Pero con lo testaruda que es, yo sé que irá. Pero la sorpresa que se va a llevar va a ser muy grande porque esa idea de la revista nunca se me hubiera ocurrido a mí, porque sólo a una mujer, de su talante, se le podía ocurrir hacer ese montaje para evadir esos impuestos sobre el seguro, y planear lo otro también. Yo conocía mis planes, pero nunca me sospeché los de ella. Y esa fue su fortaleza, comenzar a planear como se deshacía de mí.
Todo lo comenzó siguiendo paso a paso las instrucciones que había encontrado en la internet, sobre crímenes famosos, en una página web titulada: “La Cuartada Perfecta”; lo arregló todo, de tal forma que pensó que nada le fallaría. Pero se le olvidó un detalle, la hora de mí cita con el cardiólogo se había pospuesto, y sólo a mí fue comunicada la nueva fecha, y ésta decisión, de mi médico, fue confidencial, y coincidía con la cita con el abogado de ella. Cuando recibí su llamada, aún yo, no maliciaba de su treta; y me fui a cumplir con su cita, pero no contaba, nadie, con ese pre infarto. Es así que sus planes se le vinieron abajo. Porque nunca pasé por el sitio donde, a esa misma hora, me esperaban los sicarios que había, yo, contratado. Entonces, mi muerte fue natural. Y hoy, ella vive angustiada escondiéndose del chantaje de los criminales, por el dinero de mi seguro de vida, y de su propia conciencia. ¿Cuándo, ella, se iba a imaginar que sería presa fácil de su propia trampa? Y lo peor de su karma, ellos también recibieron, de mí parte, una paga para que las cuentas quedaran bien equilibradas, sin repartos.
Ahora me preguntan qué pasó en realidad, y sinceramente no sé que contarles, porque tanto él, como Yo, fuimos víctimas de los mismos instintos. Él por estar siempre pensando en mi traición, y Yo, por quedarme sin opción al notar que él había evadido su responsabilidad frente a los niños… Sé que ahora se debe estar pudriendo en el Cementerio, pero el muy bellaco me dejó hundida en mis remordimientos, y con algo muy terrible a cuesta. ¿Cómo hago para pagarle a los miles de acreedores que me dejó? Si ellos piensan que él me había entregado todos sus bienes en los trámites de divorcio. Eso nunca fue verdad, sólo fue una de sus tretas para salvar su pellejo. Sin embargo, el muy idiota, pensaba que Yo me iba a quedar con los brazos cruzados. Y he allí su trágico final. Nunca sospechó que todo lo relacionado con sus problemas cardíacos se derivaban de la dieta alimenticia que Yo le suministraba. Lo que no me exime de esta condena, que esa juez me profirió… y que, por intento de homicidio. Pero la verdad es otra, a él lo mató su maldita codicia… sino pregúntenle a la otra mujer que él tenía.
La mujer (mi esposa) se alejó del recinto dejando a los periodistas sin comprender la realidad de los hechos. Ella, se les perdió en uno de los pasillos que daban hacía las celdas, sin mostrar una pizca de remordimiento. Pero ya la noticia había sido confirmada por el médico forense: su muerte (la mía) había sido causada por una sobre dosis de barbitúricos con una mezcla que contenía un 40% de cocaína y 30% de heroína líquida, el resto era pura basura, base de coca y más pastas. Entonces (me pregunto) de dónde sacó la fiscalía la otra versión, eso de un plan para asesinar al ilustre abogado Armando Bullog González (mi persona), ese 4 de octubre de 1995, cuando intentara llegar al consultorio jurídico del Licenciado Andrés Rokett Altamar (su abogado), a firmar el acta de divorcio que lo separaría definitivamente de la cardióloga Luisa Spencer Aluna( la loca de mi mujer), era la que tenía confundidos, no sólo a los medios de comunicación de esta ciudad, sino a la misma ciudadanía en general, y a mí.