CANTAR POR LA VIDA... NO IMPORTA SI ES POR TRISTEZAS Ó ALEGRÍAS



"Estos Cantos se harán en versos o en prosas; lo que importa de ellos es la forma de mover los sentimientos. Si éstos son de alegría: ¡Que Viva la Vida!... Y si son de tristezas ¿qué le vamos hacer? pero... ¡Que siga Viviendo la Vida!"

jueves, 3 de junio de 2010

LA IRONÍA DE UN SUICIDA.

Se dejó caer en la cama. Miró los detalles del cielo raso, los recorrió con la mirada, y se detuvo en el punto más central, como si allí existiera algo más allá de esas láminas blancas. Estuvo en esa actitud por espacio de quince minutos, como si nada le importara. En su rostro se reflejaba una placidez que en el fondo no era cierta. Supo esa mañana que la vida significaba la intensidad con que se vivía y no el comer, pensar, soñar, vestir, porque era allí donde cada quién se diferenciaba de los demás.
Soltó la colilla de cigarrillo y escupió contra la pared sin importarle donde iba a dar el escupitajo; siempre le sucedía lo mismo. Cada fin de año era para él una época de vanos recuerdos. Solitario, en un cuartucho de mala muerte, le tocaba esperar los pitos, acompañado de una botella de aguardiente y dos papeletas de bazuco. Nunca comprendió su situación. Todos los años, desde que cumplió los veintiuno, se encerraba en su cuarto a meditar sobre su futuro. Algunas veces pensó en el suicidio, pero jamás tuvo el valor de llevar acabo esa empresa. Cuando estaba en el punto más crítico de su reacción se acobardaba y volvía muy campante a la realidad. Al día siguiente, simplemente le quedaba un amargo sabor en la boca y una fuerte jaqueca.
Pero pensó que hoy sí sería su noche, no había tomado un trago, no había soplado nada; y simplemente, se había sentado en el parque en una actitud de indiferencia sin sentir el más mínimo deseo de volver a su patria. Había escapado de ella hacía ya más de quince años y cuando lo hizo juró no volver nunca jamás. Además, aunque lo hubiera deseado no lo podía hacer; allí lo estaban esperando para cobrarle la traición que le había hecho al negro Rengifo, a quién vendió después de engañarlo con una falsa amistad de negociante de droga.
Pasaron por su mente esos días y esas noches… y él, se ocultó en las sombras.
Ahora gira la cabeza hacía la esquina y baja la mirada hasta la luna del espejo que colgaba en la pared. Detrás de ese espejo escondía la vida y la muerte, él era conciente de eso, y presentía el acercarse cada vez más la hora señalada, más no sentía angustia sino una sensación fuerte de experimentar algo nuevo.
Se levantó lentamente, se acercó al espejo y tomó entre sus manos el revólver, lo observó con sumo cuidado, lo llevó hacia la cama. Nada le decía lo contrario de lo que había pensado, sin embargo, nada le aseguraba lo otro; era un juego, un ganar o perder, un vivir o un morir… Pero él estaba vivo… y quién le garantizaba todas esas maravillas, y si fracasaba… a dónde irían a tener todas esas ilusiones. Volvió y se acercó al espejo, colocó de nuevo en su parte de atrás el arma; era una pieza de museo, seis tiros, estaba brillante, nunca la había usado. Siempre la guardaba para él; tenía la certeza que algún día se tendría que decidir… y el valor no había llegado hoy, pero no estaría muy lejano ese día.
Se levantó pensando en eso, iba tan distraído que no se percató, al entrar al baño, que el jabón estaba en el suelo, lo pisó y cayó pesadamente. Allí lo encontró la dueña del cuartucho, cuando el seis de enero del año 1968, ya el vecindario no soportaba el hedor penetrante que salía a la calle, como una inequívoca señal él, para seguir mortificando a los vecinos y a los transeúntes, como aquel día que se desnudó y se puso a dar vueltas por la manzana, llevando una maleta y un sombrero de paja que le tapaba los genitales.
Nadie quería perderse ese momento, de verlo tendido a lo largo. Sólo yo me abstuve, por respeto a aquella vieja amistad con sus padres, de salir corriendo para mirar su rostro descompuesto, de “hippie”, sonriéndonos. Estaba plenamente seguro que así estaría por los siglos de los siglos. Su ironía era tal que nadie se lo soportaría aún después de muerto.