...Moldeo mis manos en la arcilla
Navegación serena de las gotas,
Ojos del cielo. Cae la lluvia,
Ninfas celestes de orquídeas y rosas,
…moldeo mis versos con sus voces,
Arco de luz y sonidos transparentes…
Sueños de búsqueda entre la gente,
Deseo sublime de pasión y goce.
Bella canción del mar en la alborada,
Fluido cristalino, húmedo y fugaz, roce
Sensación de frescura en la mañana,
Lagrimas de la noche en mi ventana…
Ojos de Dios que desde las sombras posan,
Y hacen emerger un lánguido suspiro…
De agotado amor, entre mis sábanas.
Este blog es un espacio creado para publicar las producciones literarias de Dalit R. Escorcia M., para que sus amigos y los que no lo son, pero deseen recrearse, se regalen un momento de su tiempo para depositar sus ojos y su mente sobre estas líneas que buscan abrir un camino hacia la libertad de una verdadera creación con amor y dolor. Autor.
CANTAR POR LA VIDA... NO IMPORTA SI ES POR TRISTEZAS Ó ALEGRÍAS
"Estos Cantos se harán en versos o en prosas; lo que importa de ellos es la forma de mover los sentimientos. Si éstos son de alegría: ¡Que Viva la Vida!... Y si son de tristezas ¿qué le vamos hacer? pero... ¡Que siga Viviendo la Vida!"
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viernes, 17 de diciembre de 2010
jueves, 9 de diciembre de 2010
¡COMO UN GRAN HOMENAJE A DOS GRANDES AMIGOS: Manuel Escobar (q.p.d.) y Jaime Cabrera González.
Los sobrevivientes
Por: JAIME CABRERA GONZÁLEZ
Por segunda vez la cita no se dio. En la primera ocasión Manuel J. Escobar no pudo llegar y en ésta, fui yo quien no cumplió. Aunque en los últimos años he estado en Barranquilla para Navidad y Año Nuevo, en esta oportunidad no pude viajar como me hubiera gustado y asistir a la invitación, con afiche y todo, abierta por el pintor Samuel Buelvas para reunir a los amigos de “Mañe” en Lunabril, un sitio que aparece en la guía como restaurante bar, pero que es en realidad una casa encantada. Digo, con cantos que trepan por las paredes como venas poéticas.
El encuentro inicial nació hace dos años cuando la poeta Nora Carbonell me presentó a María Bernarda. Ella me dijo: “¡Ah, tú eres el ‘famoso’ jaimecabrera del que tanto habla manuelescobar!”. Como le comenté que hacía años no lo veía, se le ocurrió organizar un reencuentro para cuando yo volviera. Al calor de los güisquis dije que la velada literaria se llamaría “Los sobrevivientes” para hacer referencia a que muchos de quienes habían comenzado sus “carreras literarias” conmigo habían dejado enfriar el brazo. Pero también a los que permanecían en la ciudad después de que en los años 90 un puñado del grupo nos desbandamos por el mundo.
En el próximo regreso ya había un programa. Volvería a reunirme con Manuel como en los viejos tiempos, pero también estarían Ubaldina Díaz, Samuel Buelvas, Nora Carbonell, Christian Salas, Lya Sierra y el profesor Guillermo Mejía Mendoza, porque a estas alturas de la vida Berty Barranco se había establecido en Nueva York, William Renneberg en un pueblecito de Carolina del Norte, David Esguerra en Venezuela y Carlos Arturo Camargo en Tampa, y sobre Dalit Escorcia y Jorge Luis Bastidas nadie daba un dato preciso sobre sus respectivos paraderos. Que uno después de ser una especie de poeta maldito se había santificado de tanto trabajar con unos curas; que el otro lo había visto tras unas faldas en Cienfuegos, Cuba, y no sé qué más chismes que no vienen al caso.
Al entrar los años 80 había un fervor cultural en Barranquilla, en especial, en el ámbito literario tal como aparece reseñado en el libro “Escribir en Barranquilla” de Ramón Illán Bacca. Los grupos de escritores jóvenes brotaban y se extendían como la verdolaga; los que no publicaban en los periódicos —que ya no daban abasto— creaban sus propias revistas y mostraban sus textos. Como yo andaba sin conexión con otros creadores ni conocía a los encargados de las páginas literarias de la prensa llegué a inventarme un grupo que logró hacer su entrada triunfal un viernes del 1978 en el Diario El Nacional junto a la foto del muerto y la crónica roja del día, en un espacio de Aníbal Tobón llamado “Kontacto”. Claro que nadie, hasta hoy, supo que el único miembro del grupo que firmaba un poema-manifiesto a cuatro manos era yo y el nombre de una novia que no se enteró del robo de identidad.
Verme en letras de molde me hizo tan valiente y prosaico que acabé con el “grupo” y me dediqué a vivir del cuento publicando en otros diarios con tan buen tino (o sino) que un día de noviembre llegó la noticia —al instante con la muerte de mi abuelo— que me había ganado un premio iberoamericano de ese género en Chile. Y se armó el alboroto: “Pero si no tiene grupo”. “Pero si no tiene revista”. Para colmo de males El Heraldo publicó una foto que correspondía a la imagen de un gobernante de una isla del Caribe invadida por los Estados Unidos y su “Furia Urgente”. O, por lo menos, mis barbas lucían tan desgranadas como las del granadino Maurice Bishop. “¿Pero, en fin, quién es este ‘man’?”, dicen que decían.
A mi regreso de Santiago de Chile se me ocurrió hacer lo que hacían (y siguen haciendo) muchos de mis amigos músicos, es decir, no parar de aprender sobre el oficio y me inscribí en un taller literario (tan de moda) que dirigía el crítico Carlos J. María en la Universidad del Norte. Allí conocí a William Renneberg quien me invitó al lanzamiento de la Casa de la Cultura Francisco “Pacho” Bolaños, en honor al folclorista y poeta negro, evento que se llevaría a cabo ese domingo en un salón de la Escuela Normal. Finalmente, después del blablablá, de la elección de una junta directiva y del hambre que me ganaba, terminé formando parte de un grupo de verdad.
Un sábado, día en que nos reuníamos a las cuatro en punto de la tarde, apareció Ubaldina Díaz con un cargamento de poemas que leyó por varias semanas hasta que nos enteramos que cada vez venía detrás de ella, sin dejarse ver, un hombre que llegaba a la tienda de la esquina y cigarrillo tras cigarrillo cuestionaba a los parroquianos del Barrio Olaya sobre qué hacía su mujer allí, quiénes éramos nosotros y quién sabe a qué lo hubieran llevado los celos si no lo hubiéramos bajado de su nube de Kent e invitado a leer su trabajo poético traspapelado con los exámenes que sacó de un maletín de profesor del SENA. Desde esa tarde, Manuel no sólo se nos metió en el corazón, sino que ya no hubo manera de callarlo, de bajarle el voltaje a ese histrión que le quedó de sus días de declamador y luego alimentado por la militancia sindical.
Después, como para no variar, creamos la revista “Cofa de Mesana” (no de Mexana como creían los que pensaban que teníamos el patrocinio del talco y querían saber cómo éramos los únicos que habíamos conseguido un respaldo económico). Hacía referencia a un término de marinería que nos sugirió Álvaro Suescún, que fungía de “gurú” desde la marquetería Arte Cristal, a partir de una columna del escritor cereteano Leopoldo Berdella que publicaba en un periódico de Cali. El “órgano oficial” de la Casa de la Cultura Pacho Bolaños, como decía el cabezote, fue el viaje de un barco de papel en mares de tinta, textos levantados de manera artesanal a veces en el patio de una casa de mala reputación, planchas electrostáticas de dudosa procedencia y una regularidad de mandato divino: aparecía cuando Dios quería.
Durante varios años el colectivo de escritores y pintores aunque se despachó con recitales, viajes, ponencias, encuentros, programa de radio y Manuel llegó a presidir la Unión Nacional de Escritores de Colombia, capítulo Atlántico, también se fue reduciendo después de que realizáramos para televisión el documental “El Torito nunca pierde” en 1990, basado en la Danza del Torito, con la dirección de Livingston Crawford. Las reuniones pasaron del Barrio Olaya a la casa de Manuel, Ubaldina, Nani y Manolo en El Silencio o en algún bar por ahí, cualquier día, a cualquier hora. Las presentaciones fueron más individuales y los libros publicados no correspondían al grupo, sino a esfuerzos personales. La revista desapareció y sólo quedó Samuel Buelvas levantando el último ejemplar palabra por palabra en una plancha de linóleo sin prisa, pero sin pausa.
Sin embargo, cuando ya el grupo dejó de ser una aventura gratamente extenuante como el amor, Manuel siguió hablando de cada uno de sus integrantes en las noches en que iba a tomarse sus frías a Lunabril. De ahí que se hubiera pensado en aprovechar mi presencia en la ciudad para organizar un reencuentro de los sobrevivientes de la Casa de la Cultura Pacho Bolaños y la revista Cofa de Mesana. Hacía unos cinco años que no veía a Manuel, la última vez estuve en el lanzamiento de uno de sus poemarios, pero las presentaciones se extendieron tanto que sentí peligraba una reunión que tenía muy buenas piernas y me fui antes de que leyera el primer texto. Mea culpa. Después me enteré que Manuel había pasado por un periodo de depresión que, creo, lo empujó a no buscarme cuando sabía que estaba en la ciudad. Tenía una nueva familia y otro hijo, había atravesado un problema laboral que lo alejaba de la docencia, manejaba un taxi y, además, nosotros los de entonces ya no estábamos ahí ni éramos los mismos.
A pesar de haber llegado unos días antes de la cita no me comuniqué con él para que el encuentro, el reencuentro, fuera ahí en vivo y en directo. Me acosté pensando en esto que he escrito y en los días inolvidables que pasamos cuando vino a visitarme a la islita en que viví cerca de Miami Beach. A las 7 de la mañana sonó el teléfono, aunque mi mamá nunca me despierta a esa hora porque nunca sé en qué planeta estoy, qué día es, con quién estoy hablando, creyó al identificar la voz de Nora Carbonell que se trataba de algo importante sobre la presentación de esa noche en Lunabril y me pasó. No abrí los ojos, sólo escuché la voz de Norita, clara, cálida, ahora nada risueña, que me dijo: “Jaime, en esta madrugada se nos fue Manuel”.
Por: JAIME CABRERA GONZÁLEZ
Por segunda vez la cita no se dio. En la primera ocasión Manuel J. Escobar no pudo llegar y en ésta, fui yo quien no cumplió. Aunque en los últimos años he estado en Barranquilla para Navidad y Año Nuevo, en esta oportunidad no pude viajar como me hubiera gustado y asistir a la invitación, con afiche y todo, abierta por el pintor Samuel Buelvas para reunir a los amigos de “Mañe” en Lunabril, un sitio que aparece en la guía como restaurante bar, pero que es en realidad una casa encantada. Digo, con cantos que trepan por las paredes como venas poéticas.
El encuentro inicial nació hace dos años cuando la poeta Nora Carbonell me presentó a María Bernarda. Ella me dijo: “¡Ah, tú eres el ‘famoso’ jaimecabrera del que tanto habla manuelescobar!”. Como le comenté que hacía años no lo veía, se le ocurrió organizar un reencuentro para cuando yo volviera. Al calor de los güisquis dije que la velada literaria se llamaría “Los sobrevivientes” para hacer referencia a que muchos de quienes habían comenzado sus “carreras literarias” conmigo habían dejado enfriar el brazo. Pero también a los que permanecían en la ciudad después de que en los años 90 un puñado del grupo nos desbandamos por el mundo.
En el próximo regreso ya había un programa. Volvería a reunirme con Manuel como en los viejos tiempos, pero también estarían Ubaldina Díaz, Samuel Buelvas, Nora Carbonell, Christian Salas, Lya Sierra y el profesor Guillermo Mejía Mendoza, porque a estas alturas de la vida Berty Barranco se había establecido en Nueva York, William Renneberg en un pueblecito de Carolina del Norte, David Esguerra en Venezuela y Carlos Arturo Camargo en Tampa, y sobre Dalit Escorcia y Jorge Luis Bastidas nadie daba un dato preciso sobre sus respectivos paraderos. Que uno después de ser una especie de poeta maldito se había santificado de tanto trabajar con unos curas; que el otro lo había visto tras unas faldas en Cienfuegos, Cuba, y no sé qué más chismes que no vienen al caso.
Al entrar los años 80 había un fervor cultural en Barranquilla, en especial, en el ámbito literario tal como aparece reseñado en el libro “Escribir en Barranquilla” de Ramón Illán Bacca. Los grupos de escritores jóvenes brotaban y se extendían como la verdolaga; los que no publicaban en los periódicos —que ya no daban abasto— creaban sus propias revistas y mostraban sus textos. Como yo andaba sin conexión con otros creadores ni conocía a los encargados de las páginas literarias de la prensa llegué a inventarme un grupo que logró hacer su entrada triunfal un viernes del 1978 en el Diario El Nacional junto a la foto del muerto y la crónica roja del día, en un espacio de Aníbal Tobón llamado “Kontacto”. Claro que nadie, hasta hoy, supo que el único miembro del grupo que firmaba un poema-manifiesto a cuatro manos era yo y el nombre de una novia que no se enteró del robo de identidad.
Verme en letras de molde me hizo tan valiente y prosaico que acabé con el “grupo” y me dediqué a vivir del cuento publicando en otros diarios con tan buen tino (o sino) que un día de noviembre llegó la noticia —al instante con la muerte de mi abuelo— que me había ganado un premio iberoamericano de ese género en Chile. Y se armó el alboroto: “Pero si no tiene grupo”. “Pero si no tiene revista”. Para colmo de males El Heraldo publicó una foto que correspondía a la imagen de un gobernante de una isla del Caribe invadida por los Estados Unidos y su “Furia Urgente”. O, por lo menos, mis barbas lucían tan desgranadas como las del granadino Maurice Bishop. “¿Pero, en fin, quién es este ‘man’?”, dicen que decían.
A mi regreso de Santiago de Chile se me ocurrió hacer lo que hacían (y siguen haciendo) muchos de mis amigos músicos, es decir, no parar de aprender sobre el oficio y me inscribí en un taller literario (tan de moda) que dirigía el crítico Carlos J. María en la Universidad del Norte. Allí conocí a William Renneberg quien me invitó al lanzamiento de la Casa de la Cultura Francisco “Pacho” Bolaños, en honor al folclorista y poeta negro, evento que se llevaría a cabo ese domingo en un salón de la Escuela Normal. Finalmente, después del blablablá, de la elección de una junta directiva y del hambre que me ganaba, terminé formando parte de un grupo de verdad.
Un sábado, día en que nos reuníamos a las cuatro en punto de la tarde, apareció Ubaldina Díaz con un cargamento de poemas que leyó por varias semanas hasta que nos enteramos que cada vez venía detrás de ella, sin dejarse ver, un hombre que llegaba a la tienda de la esquina y cigarrillo tras cigarrillo cuestionaba a los parroquianos del Barrio Olaya sobre qué hacía su mujer allí, quiénes éramos nosotros y quién sabe a qué lo hubieran llevado los celos si no lo hubiéramos bajado de su nube de Kent e invitado a leer su trabajo poético traspapelado con los exámenes que sacó de un maletín de profesor del SENA. Desde esa tarde, Manuel no sólo se nos metió en el corazón, sino que ya no hubo manera de callarlo, de bajarle el voltaje a ese histrión que le quedó de sus días de declamador y luego alimentado por la militancia sindical.
Después, como para no variar, creamos la revista “Cofa de Mesana” (no de Mexana como creían los que pensaban que teníamos el patrocinio del talco y querían saber cómo éramos los únicos que habíamos conseguido un respaldo económico). Hacía referencia a un término de marinería que nos sugirió Álvaro Suescún, que fungía de “gurú” desde la marquetería Arte Cristal, a partir de una columna del escritor cereteano Leopoldo Berdella que publicaba en un periódico de Cali. El “órgano oficial” de la Casa de la Cultura Pacho Bolaños, como decía el cabezote, fue el viaje de un barco de papel en mares de tinta, textos levantados de manera artesanal a veces en el patio de una casa de mala reputación, planchas electrostáticas de dudosa procedencia y una regularidad de mandato divino: aparecía cuando Dios quería.
Durante varios años el colectivo de escritores y pintores aunque se despachó con recitales, viajes, ponencias, encuentros, programa de radio y Manuel llegó a presidir la Unión Nacional de Escritores de Colombia, capítulo Atlántico, también se fue reduciendo después de que realizáramos para televisión el documental “El Torito nunca pierde” en 1990, basado en la Danza del Torito, con la dirección de Livingston Crawford. Las reuniones pasaron del Barrio Olaya a la casa de Manuel, Ubaldina, Nani y Manolo en El Silencio o en algún bar por ahí, cualquier día, a cualquier hora. Las presentaciones fueron más individuales y los libros publicados no correspondían al grupo, sino a esfuerzos personales. La revista desapareció y sólo quedó Samuel Buelvas levantando el último ejemplar palabra por palabra en una plancha de linóleo sin prisa, pero sin pausa.
Sin embargo, cuando ya el grupo dejó de ser una aventura gratamente extenuante como el amor, Manuel siguió hablando de cada uno de sus integrantes en las noches en que iba a tomarse sus frías a Lunabril. De ahí que se hubiera pensado en aprovechar mi presencia en la ciudad para organizar un reencuentro de los sobrevivientes de la Casa de la Cultura Pacho Bolaños y la revista Cofa de Mesana. Hacía unos cinco años que no veía a Manuel, la última vez estuve en el lanzamiento de uno de sus poemarios, pero las presentaciones se extendieron tanto que sentí peligraba una reunión que tenía muy buenas piernas y me fui antes de que leyera el primer texto. Mea culpa. Después me enteré que Manuel había pasado por un periodo de depresión que, creo, lo empujó a no buscarme cuando sabía que estaba en la ciudad. Tenía una nueva familia y otro hijo, había atravesado un problema laboral que lo alejaba de la docencia, manejaba un taxi y, además, nosotros los de entonces ya no estábamos ahí ni éramos los mismos.
A pesar de haber llegado unos días antes de la cita no me comuniqué con él para que el encuentro, el reencuentro, fuera ahí en vivo y en directo. Me acosté pensando en esto que he escrito y en los días inolvidables que pasamos cuando vino a visitarme a la islita en que viví cerca de Miami Beach. A las 7 de la mañana sonó el teléfono, aunque mi mamá nunca me despierta a esa hora porque nunca sé en qué planeta estoy, qué día es, con quién estoy hablando, creyó al identificar la voz de Nora Carbonell que se trataba de algo importante sobre la presentación de esa noche en Lunabril y me pasó. No abrí los ojos, sólo escuché la voz de Norita, clara, cálida, ahora nada risueña, que me dijo: “Jaime, en esta madrugada se nos fue Manuel”.
lunes, 6 de diciembre de 2010
BAJO EL IMPERIO DE LA INCERTIDUMBRE.
En ese túnel de terciopelo y seda,
Desde esa cueva que incuba la vida
Existen millones de años, de gritos
De nostalgia, sombras que vibran
Y rompen los silencios del tiempo…
Ese orificio donde el cosmos se levanta
Y deja caer su lava en sus riveras…
Y desde allí vine y voy como otra sombra
Motivado por un deseo de ser eterno.
Y sólo semillas somos, de frutos que maduran…
Y se pudren, dejando regadas otras semillas.
Vientre de mujer, esa es la Tierra…
Yo un pistilo que apunta hacia la muerte.
Busco, con ansiedad, otra existencia…
Y aunque creo en Dios, dudo de mis fuerzas.
De pronto soy el sueño de otros dioses
Que me pintaron en sus cavernas
Y el tiempo me va borrando, lentamente,
Sin antes dibujarme en otra dimensión
Dejando mi pincel para otra fuente.
Dalit R. Escorcia M.
Agosto 23 del 2003.
Desde esa cueva que incuba la vida
Existen millones de años, de gritos
De nostalgia, sombras que vibran
Y rompen los silencios del tiempo…
Ese orificio donde el cosmos se levanta
Y deja caer su lava en sus riveras…
Y desde allí vine y voy como otra sombra
Motivado por un deseo de ser eterno.
Y sólo semillas somos, de frutos que maduran…
Y se pudren, dejando regadas otras semillas.
Vientre de mujer, esa es la Tierra…
Yo un pistilo que apunta hacia la muerte.
Busco, con ansiedad, otra existencia…
Y aunque creo en Dios, dudo de mis fuerzas.
De pronto soy el sueño de otros dioses
Que me pintaron en sus cavernas
Y el tiempo me va borrando, lentamente,
Sin antes dibujarme en otra dimensión
Dejando mi pincel para otra fuente.
Dalit R. Escorcia M.
Agosto 23 del 2003.
lunes, 15 de noviembre de 2010
Un Son.
Quiero escribir un poema
Que me sepa a dulce e caña
Quiero trepar las montañas
Y allí dejar ya mis penas…
Quiero pintar un arco iris
Con la risa de los niños
Y disolver el sol con mi cariño
Ante tu hidalguía morena.
Quiero, quiero, ser tu alma
Para estar siempre contigo
Al pie de una ventana…
Buscando el calor, tu abrigo
Desde el sol por la mañana
Hasta el medio día… lo pido.
Y si tú a mí me quieres
Como yo siempre te quise
Lloverán risas y flores
Por el placer con que te venistes…
Y seré tu enamorado,
Una cigarra, una luciérnaga
Para cantar a tu lado…
Para darte luz eterna.
Quiero ser un navegante
De tu nostálgico océano
Y posar ya, así, mis manos
Sobre el borde de tu cuerpo.
Navegar entre la bruma
De los horizontes negros
Y estrellarme con las olas
En el arrecife eterno…
Y morirme como un ave
En la lentitud de un vuelo.
Y morirme como un pez
Entre la lluvia y el viento…
Que me sepa a dulce e caña
Quiero trepar las montañas
Y allí dejar ya mis penas…
Quiero pintar un arco iris
Con la risa de los niños
Y disolver el sol con mi cariño
Ante tu hidalguía morena.
Quiero, quiero, ser tu alma
Para estar siempre contigo
Al pie de una ventana…
Buscando el calor, tu abrigo
Desde el sol por la mañana
Hasta el medio día… lo pido.
Y si tú a mí me quieres
Como yo siempre te quise
Lloverán risas y flores
Por el placer con que te venistes…
Y seré tu enamorado,
Una cigarra, una luciérnaga
Para cantar a tu lado…
Para darte luz eterna.
Quiero ser un navegante
De tu nostálgico océano
Y posar ya, así, mis manos
Sobre el borde de tu cuerpo.
Navegar entre la bruma
De los horizontes negros
Y estrellarme con las olas
En el arrecife eterno…
Y morirme como un ave
En la lentitud de un vuelo.
Y morirme como un pez
Entre la lluvia y el viento…
lunes, 25 de octubre de 2010
ENSAYO CRÍTICO SOBRE “LA VORÁGINE” OBRA LITERARIA DE JOSÉ EUSTACIO RIVERA
La narrativa colombiana se ha caracterizado por tener representaciones muy sólidas en cada una de las épocas. Lo que ha definido unas proyecciones a través del tiempo en la construcción de un imaginario que ha respondido a una dinámica local sin desligarse de los movimientos literarios a nivel universal. De esta forma, nuestros escritores han dejado profundas huellas en ambos ámbitos, porque han tenido la inigualable capacidad para captar la realidad, desde todas las dimensiones, de nuestro país, plasmando con prolifera imaginación un mundo que nos facilita la comprensión de nuestras fortalezas y debilidades desde la intención del rescate de una autentica identidad cultural.
Con el anterior presupuesto, nos introducimos a un análisis crítico literario de una de las obras cumbres de nuestro continente americano: como es la Vorágine “(1924) es la novela de la selva que no ha sido superada con mejor técnica por otros americanos. Diferente de los géneros usuales, abrió la ruta de la gran novela americana en un grandioso y bárbaro escenario en que hombres y fieras se devoran siguiendo la ley del más fuerte. El cauchero esclavo de empresas bandoleras ligadas al capital extranjero, sabe cuando el látigo hace sangrar sus heridas y su hombría, pero no sabe si caer al pie del árbol, para convertirse en fango de la oscuridad, fue asesinado por el puñal de un ladrón o por el colmillo de una serpiente” ; en ésta José Eustacio Rivera nos muestra dos grandes facetas y dilema de un país que se revela ante el mundo como un espacio abierto en la búsqueda y la construcción de una convivencia democrática “La vorágine no es Colombia sino la definición misma de la violencia; aun la novela fue devorada por el gran poema. Las fallas estilísticas no le quitan la grandeza; las cualidades de Rivera como poeta son sus defectos como prosista” . Y en el fondo, vive una situación de conflictos sociales, políticos y culturales que lo arrastran a enfrentar consigo mismo y su ambiente natural “estas tierras de nadie, sin una guarnición ni una bandera dizque son soberanas porque en el concepto de soberanía caben todos los sarcasmos” . Para el hombre colombiano aquí la selva se convierte en su peor enemigo. “Entonces la caoba meció sus ramas y escuche en sus rumores estos anatemas: picadlo, picadlo con vuestro hierro para que experimente lo que es el hacha en la carne viva. Picadlo aunque esté indefenso, pues el también destruyo los árboles y es justo que conozca nuestro martirio.
Por si el bosque entendía mis pensamientos, le dirigí esta meditación: ¡Mátame, si quieres, que estoy vivo aun!” . Y como una forma de venganza contra todas las bajezas cometidas contra su integridad pone a los seres humanos a enfrentarse entre sí, ilusionados por la ambición de buscar y obtener más y más riqueza.
Esta historia se inicia en la ciudad de Bogotá entre Arturo Cova, poeta aventurero en busca de emociones fuertes, y Alicia, jovencita de la sociedad bogotana, rebelde… pero frágil y tierna. Pero, cómo quienes que parten del cielo al purgatorio* bajan al llano, donde el autor con una pluma magistral nos plasma en su narración unas tierras sin límites donde se respira libertad, y una sensación de camino ancho y sin dificultades que, en el sentido teológico, conduce al infierno que ente caso es la selva y todo su rigor. “Está la selva sádica y virgen procura el ánimo la alucinación del peligro próximo. El vegetal es un ser sensible cuya psicología desconocemos. En estas soledades, cuando nos habla, solo entiende su idioma el presentimiento. Bajo su poder, los nervios del hombre se convierten en haz de cuerda, distendidos hacia el asalto, hacia la traición, hacia la asechanza. Los sentidos húmanos equivocan sus facultades: el ojo siente, la espalda ve, la nariz explora, las piernas calculan y la sangre clama: ¡Huyamos huyamos!” . Un lugar misterioso lleno de riquezas naturales, pero también donde se fermentan las pasiones más bajas de la especie humana. Y se personifican éstas en Barrera, el cayeno, la turca y sus secuaces; seres que parecen sacados de los fondos más intricados de la conducta infernal; y puestos allí por el ingenio de este hombre nacido* como una forma de hacer más comprensible la brutalidad de la naturaleza en la ejecución de su justa venganza. No obstante, José Eustacio Rivera da la palabra a Clemente Silva, para que éste con gran acierto nos narre, desde su oficio de rumbero y hombre adolorido, golpeado por el infortunio desde su juventud, la forma como la selva se vuelve implacable frente aquellos que osan atacarla en el afán de obtener sus beneficios en detrimento de su propia integridad física. “No perdía don Clemente oportunidades de ponderarme los sufrimientos de la vida en las barracas y la contingencia de cualquier fuga, sueño peremne de los caucheros, que lo ven esbozarse y nunca lo realizan porque saben que la muerte cierra todas las salidas de la montaña” . También es cierto, que él cayó allí por la fuerza de uno de los cursos de la historia y su funesto destino: llevado por la búsqueda de su hijo, quien desde muy niño había escapado del hogar, situación que aceleró la muerte de la madre, y ocasionó que él hiciera un juramento: irlo a buscar y volverlo a casa aún después de muerto. Este fue el clímax de su desgracia.
Pero es Clemente Silva la persona quien también logra romper las ataduras, con su mente prodigiosa, y libre de las pesadillas posibilita que todo aquel horror de ese paraíso infernal traspase las fronteras, llevando un s.o.s para intentar rescatar a sus compañeros, pero a éstos la suerte ya no les acompaña. Y es en esta parte donde el autor utilizando la incertidumbre como elemento primordial de la narración deja abierto a la imaginación del lector el verdadero final de Arturo Cova, Alicia, Griselda, Fidel Franco y sus otros acompañantes.
En esta novela, el autor, a través de los narradores que intervienen en la construcción de la historia, con un realismo social, y con la intención de hacer una crítica a un sistema de cosas que acontecen en su país sin que autoridad alguna se de a la tarea de investigar y buscarle solución. Busca denunciar hechos brutales que se cometían contra la dignidad humana ante la “vista gorda” de funcionarios públicos tanto de Colombia, Brasil y Perú, como la comunidad internacional representada por las compañías extrajeras que, en concesión, explotaban tanto al hombre como a la selva misma para obtener grandes beneficios con la venta del “oro blanco”, como se le denominaba al caucho, que se manchaba con la sangre y sudor de los caucheros de los tres países.
REFERENCIA BIBLIOGRAFICA
1. La Vorágine, José Eustasio Rivera, Edición Popular.
2. Horas de literatura colombiana, Javier Arango Ferrer, Instituto Colombiano de Cultura, 1978.
3. Enciclopedia de Escritores Colombianos, Educar Editores.
Con el anterior presupuesto, nos introducimos a un análisis crítico literario de una de las obras cumbres de nuestro continente americano: como es la Vorágine “(1924) es la novela de la selva que no ha sido superada con mejor técnica por otros americanos. Diferente de los géneros usuales, abrió la ruta de la gran novela americana en un grandioso y bárbaro escenario en que hombres y fieras se devoran siguiendo la ley del más fuerte. El cauchero esclavo de empresas bandoleras ligadas al capital extranjero, sabe cuando el látigo hace sangrar sus heridas y su hombría, pero no sabe si caer al pie del árbol, para convertirse en fango de la oscuridad, fue asesinado por el puñal de un ladrón o por el colmillo de una serpiente” ; en ésta José Eustacio Rivera nos muestra dos grandes facetas y dilema de un país que se revela ante el mundo como un espacio abierto en la búsqueda y la construcción de una convivencia democrática “La vorágine no es Colombia sino la definición misma de la violencia; aun la novela fue devorada por el gran poema. Las fallas estilísticas no le quitan la grandeza; las cualidades de Rivera como poeta son sus defectos como prosista” . Y en el fondo, vive una situación de conflictos sociales, políticos y culturales que lo arrastran a enfrentar consigo mismo y su ambiente natural “estas tierras de nadie, sin una guarnición ni una bandera dizque son soberanas porque en el concepto de soberanía caben todos los sarcasmos” . Para el hombre colombiano aquí la selva se convierte en su peor enemigo. “Entonces la caoba meció sus ramas y escuche en sus rumores estos anatemas: picadlo, picadlo con vuestro hierro para que experimente lo que es el hacha en la carne viva. Picadlo aunque esté indefenso, pues el también destruyo los árboles y es justo que conozca nuestro martirio.
Por si el bosque entendía mis pensamientos, le dirigí esta meditación: ¡Mátame, si quieres, que estoy vivo aun!” . Y como una forma de venganza contra todas las bajezas cometidas contra su integridad pone a los seres humanos a enfrentarse entre sí, ilusionados por la ambición de buscar y obtener más y más riqueza.
Esta historia se inicia en la ciudad de Bogotá entre Arturo Cova, poeta aventurero en busca de emociones fuertes, y Alicia, jovencita de la sociedad bogotana, rebelde… pero frágil y tierna. Pero, cómo quienes que parten del cielo al purgatorio* bajan al llano, donde el autor con una pluma magistral nos plasma en su narración unas tierras sin límites donde se respira libertad, y una sensación de camino ancho y sin dificultades que, en el sentido teológico, conduce al infierno que ente caso es la selva y todo su rigor. “Está la selva sádica y virgen procura el ánimo la alucinación del peligro próximo. El vegetal es un ser sensible cuya psicología desconocemos. En estas soledades, cuando nos habla, solo entiende su idioma el presentimiento. Bajo su poder, los nervios del hombre se convierten en haz de cuerda, distendidos hacia el asalto, hacia la traición, hacia la asechanza. Los sentidos húmanos equivocan sus facultades: el ojo siente, la espalda ve, la nariz explora, las piernas calculan y la sangre clama: ¡Huyamos huyamos!” . Un lugar misterioso lleno de riquezas naturales, pero también donde se fermentan las pasiones más bajas de la especie humana. Y se personifican éstas en Barrera, el cayeno, la turca y sus secuaces; seres que parecen sacados de los fondos más intricados de la conducta infernal; y puestos allí por el ingenio de este hombre nacido* como una forma de hacer más comprensible la brutalidad de la naturaleza en la ejecución de su justa venganza. No obstante, José Eustacio Rivera da la palabra a Clemente Silva, para que éste con gran acierto nos narre, desde su oficio de rumbero y hombre adolorido, golpeado por el infortunio desde su juventud, la forma como la selva se vuelve implacable frente aquellos que osan atacarla en el afán de obtener sus beneficios en detrimento de su propia integridad física. “No perdía don Clemente oportunidades de ponderarme los sufrimientos de la vida en las barracas y la contingencia de cualquier fuga, sueño peremne de los caucheros, que lo ven esbozarse y nunca lo realizan porque saben que la muerte cierra todas las salidas de la montaña” . También es cierto, que él cayó allí por la fuerza de uno de los cursos de la historia y su funesto destino: llevado por la búsqueda de su hijo, quien desde muy niño había escapado del hogar, situación que aceleró la muerte de la madre, y ocasionó que él hiciera un juramento: irlo a buscar y volverlo a casa aún después de muerto. Este fue el clímax de su desgracia.
Pero es Clemente Silva la persona quien también logra romper las ataduras, con su mente prodigiosa, y libre de las pesadillas posibilita que todo aquel horror de ese paraíso infernal traspase las fronteras, llevando un s.o.s para intentar rescatar a sus compañeros, pero a éstos la suerte ya no les acompaña. Y es en esta parte donde el autor utilizando la incertidumbre como elemento primordial de la narración deja abierto a la imaginación del lector el verdadero final de Arturo Cova, Alicia, Griselda, Fidel Franco y sus otros acompañantes.
En esta novela, el autor, a través de los narradores que intervienen en la construcción de la historia, con un realismo social, y con la intención de hacer una crítica a un sistema de cosas que acontecen en su país sin que autoridad alguna se de a la tarea de investigar y buscarle solución. Busca denunciar hechos brutales que se cometían contra la dignidad humana ante la “vista gorda” de funcionarios públicos tanto de Colombia, Brasil y Perú, como la comunidad internacional representada por las compañías extrajeras que, en concesión, explotaban tanto al hombre como a la selva misma para obtener grandes beneficios con la venta del “oro blanco”, como se le denominaba al caucho, que se manchaba con la sangre y sudor de los caucheros de los tres países.
REFERENCIA BIBLIOGRAFICA
1. La Vorágine, José Eustasio Rivera, Edición Popular.
2. Horas de literatura colombiana, Javier Arango Ferrer, Instituto Colombiano de Cultura, 1978.
3. Enciclopedia de Escritores Colombianos, Educar Editores.
sábado, 16 de octubre de 2010
AMATORIO I
¿Dónde está la métrica,
Dónde está el sonido…
Y dónde están las voces
Diminutas flores de mil pasos
O cactus con sabor herido?
Si el silencio es una constante,
Una enredadera de largos sortilegios
Y tú y yo, un par de aves
Que se han quedado sin su nido…
¿Dónde están tus sueños
Y los míos?
Me siento perdido en tus cabellos
Y abro mis labios y mis ojos
Cual mariposa inédita en su vuelo…
Y en cada rincón de ti
Vuelvo y me escondo
Como un topo orgulloso
De haber abierto
Una cicatriz
En el seno de la tierra.
Si siento…
Que el silencio es tan espeso
Rodando por mis manos
Y mis oídos,
¿Dónde están tus sueños y los míos?
No se si vuelan y vuelan
Y se enredan… y enredan
Entre el ansia de ayer
Y la nostalgia
Dejada por el fuego
Que se ha ido…
Dónde está el sonido…
Y dónde están las voces
Diminutas flores de mil pasos
O cactus con sabor herido?
Si el silencio es una constante,
Una enredadera de largos sortilegios
Y tú y yo, un par de aves
Que se han quedado sin su nido…
¿Dónde están tus sueños
Y los míos?
Me siento perdido en tus cabellos
Y abro mis labios y mis ojos
Cual mariposa inédita en su vuelo…
Y en cada rincón de ti
Vuelvo y me escondo
Como un topo orgulloso
De haber abierto
Una cicatriz
En el seno de la tierra.
Si siento…
Que el silencio es tan espeso
Rodando por mis manos
Y mis oídos,
¿Dónde están tus sueños y los míos?
No se si vuelan y vuelan
Y se enredan… y enredan
Entre el ansia de ayer
Y la nostalgia
Dejada por el fuego
Que se ha ido…
domingo, 22 de agosto de 2010
REFLEXION I
…Ya corren las sombras de la noche
Y un grito de dolor se eleva al cielo.
No existe canto que alivie este tormento
Ni risa que dulcifique el alma…
He vuelto abrir, por el calor, esta ventana
Y rueda la luna en medio del silencio,
Recojo de este abril una nostalgia
Y la guardo en el maletín de mis sueños.
…Espero que se añejen nuestras voces
que sean el vino que nos embriague a todos.
…Ya llegan cantando los gorriones
y las naves transitan soñolientas
sobre el fluvial lomo que nos refresca…
hundo mis píes hasta saciar mi sed
y vuelvo a revisar entre mis cosas
ese ruido que me viene desde adentro.
…Entonces navego entre las sombras
y me dejo perder sin rumbo fijo…
detengo entre mis manos una esperanza
y hago volar en múltiples pedazos
la cuerda que me ata a los recuerdos.
Ya corren las sombras de la noche
y un niño se aferra a mí como a su nido…
mas el odio es una constante en esta tierra.
…Y no es justo dejarme negar, por ella,
por esa maldita dama de la codicia,
que es la guerra. Primer eslabón del odio,
huella ineludible de las bestias sedientas
que hace de la violencia el único valor
capaz de agregarle a la bella existencia
dejando sin discurso razonable y serio
a la humildad hecha de carne y miseria.
Y un grito de dolor se eleva al cielo.
No existe canto que alivie este tormento
Ni risa que dulcifique el alma…
He vuelto abrir, por el calor, esta ventana
Y rueda la luna en medio del silencio,
Recojo de este abril una nostalgia
Y la guardo en el maletín de mis sueños.
…Espero que se añejen nuestras voces
que sean el vino que nos embriague a todos.
…Ya llegan cantando los gorriones
y las naves transitan soñolientas
sobre el fluvial lomo que nos refresca…
hundo mis píes hasta saciar mi sed
y vuelvo a revisar entre mis cosas
ese ruido que me viene desde adentro.
…Entonces navego entre las sombras
y me dejo perder sin rumbo fijo…
detengo entre mis manos una esperanza
y hago volar en múltiples pedazos
la cuerda que me ata a los recuerdos.
Ya corren las sombras de la noche
y un niño se aferra a mí como a su nido…
mas el odio es una constante en esta tierra.
…Y no es justo dejarme negar, por ella,
por esa maldita dama de la codicia,
que es la guerra. Primer eslabón del odio,
huella ineludible de las bestias sedientas
que hace de la violencia el único valor
capaz de agregarle a la bella existencia
dejando sin discurso razonable y serio
a la humildad hecha de carne y miseria.
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