CANTAR POR LA VIDA... NO IMPORTA SI ES POR TRISTEZAS Ó ALEGRÍAS



"Estos Cantos se harán en versos o en prosas; lo que importa de ellos es la forma de mover los sentimientos. Si éstos son de alegría: ¡Que Viva la Vida!... Y si son de tristezas ¿qué le vamos hacer? pero... ¡Que siga Viviendo la Vida!"

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lunes, 15 de noviembre de 2010

Un Son.

Quiero escribir un poema
Que me sepa a dulce e caña
Quiero trepar las montañas
Y allí dejar ya mis penas…

Quiero pintar un arco iris
Con la risa de los niños
Y disolver el sol con mi cariño
Ante tu hidalguía morena.

Quiero, quiero, ser tu alma
Para estar siempre contigo
Al pie de una ventana…
Buscando el calor, tu abrigo
Desde el sol por la mañana
Hasta el medio día… lo pido.

Y si tú a mí me quieres
Como yo siempre te quise
Lloverán risas y flores
Por el placer con que te venistes…

Y seré tu enamorado,
Una cigarra, una luciérnaga
Para cantar a tu lado…
Para darte luz eterna.

Quiero ser un navegante
De tu nostálgico océano
Y posar ya, así, mis manos
Sobre el borde de tu cuerpo.

Navegar entre la bruma
De los horizontes negros
Y estrellarme con las olas
En el arrecife eterno…

Y morirme como un ave
En la lentitud de un vuelo.
Y morirme como un pez
Entre la lluvia y el viento…

lunes, 25 de octubre de 2010

ENSAYO CRÍTICO SOBRE “LA VORÁGINE” OBRA LITERARIA DE JOSÉ EUSTACIO RIVERA

La narrativa colombiana se ha caracterizado por tener representaciones muy sólidas en cada una de las épocas. Lo que ha definido unas proyecciones a través del tiempo en la construcción de un imaginario que ha respondido a una dinámica local sin desligarse de los movimientos literarios a nivel universal. De esta forma, nuestros escritores han dejado profundas huellas en ambos ámbitos, porque han tenido la inigualable capacidad para captar la realidad, desde todas las dimensiones, de nuestro país, plasmando con prolifera imaginación un mundo que nos facilita la comprensión de nuestras fortalezas y debilidades desde la intención del rescate de una autentica identidad cultural.
Con el anterior presupuesto, nos introducimos a un análisis crítico literario de una de las obras cumbres de nuestro continente americano: como es la Vorágine “(1924) es la novela de la selva que no ha sido superada con mejor técnica por otros americanos. Diferente de los géneros usuales, abrió la ruta de la gran novela americana en un grandioso y bárbaro escenario en que hombres y fieras se devoran siguiendo la ley del más fuerte. El cauchero esclavo de empresas bandoleras ligadas al capital extranjero, sabe cuando el látigo hace sangrar sus heridas y su hombría, pero no sabe si caer al pie del árbol, para convertirse en fango de la oscuridad, fue asesinado por el puñal de un ladrón o por el colmillo de una serpiente” ; en ésta José Eustacio Rivera nos muestra dos grandes facetas y dilema de un país que se revela ante el mundo como un espacio abierto en la búsqueda y la construcción de una convivencia democrática “La vorágine no es Colombia sino la definición misma de la violencia; aun la novela fue devorada por el gran poema. Las fallas estilísticas no le quitan la grandeza; las cualidades de Rivera como poeta son sus defectos como prosista” . Y en el fondo, vive una situación de conflictos sociales, políticos y culturales que lo arrastran a enfrentar consigo mismo y su ambiente natural “estas tierras de nadie, sin una guarnición ni una bandera dizque son soberanas porque en el concepto de soberanía caben todos los sarcasmos” . Para el hombre colombiano aquí la selva se convierte en su peor enemigo. “Entonces la caoba meció sus ramas y escuche en sus rumores estos anatemas: picadlo, picadlo con vuestro hierro para que experimente lo que es el hacha en la carne viva. Picadlo aunque esté indefenso, pues el también destruyo los árboles y es justo que conozca nuestro martirio.
Por si el bosque entendía mis pensamientos, le dirigí esta meditación: ¡Mátame, si quieres, que estoy vivo aun!” . Y como una forma de venganza contra todas las bajezas cometidas contra su integridad pone a los seres humanos a enfrentarse entre sí, ilusionados por la ambición de buscar y obtener más y más riqueza.
Esta historia se inicia en la ciudad de Bogotá entre Arturo Cova, poeta aventurero en busca de emociones fuertes, y Alicia, jovencita de la sociedad bogotana, rebelde… pero frágil y tierna. Pero, cómo quienes que parten del cielo al purgatorio* bajan al llano, donde el autor con una pluma magistral nos plasma en su narración unas tierras sin límites donde se respira libertad, y una sensación de camino ancho y sin dificultades que, en el sentido teológico, conduce al infierno que ente caso es la selva y todo su rigor. “Está la selva sádica y virgen procura el ánimo la alucinación del peligro próximo. El vegetal es un ser sensible cuya psicología desconocemos. En estas soledades, cuando nos habla, solo entiende su idioma el presentimiento. Bajo su poder, los nervios del hombre se convierten en haz de cuerda, distendidos hacia el asalto, hacia la traición, hacia la asechanza. Los sentidos húmanos equivocan sus facultades: el ojo siente, la espalda ve, la nariz explora, las piernas calculan y la sangre clama: ¡Huyamos huyamos!” . Un lugar misterioso lleno de riquezas naturales, pero también donde se fermentan las pasiones más bajas de la especie humana. Y se personifican éstas en Barrera, el cayeno, la turca y sus secuaces; seres que parecen sacados de los fondos más intricados de la conducta infernal; y puestos allí por el ingenio de este hombre nacido* como una forma de hacer más comprensible la brutalidad de la naturaleza en la ejecución de su justa venganza. No obstante, José Eustacio Rivera da la palabra a Clemente Silva, para que éste con gran acierto nos narre, desde su oficio de rumbero y hombre adolorido, golpeado por el infortunio desde su juventud, la forma como la selva se vuelve implacable frente aquellos que osan atacarla en el afán de obtener sus beneficios en detrimento de su propia integridad física. “No perdía don Clemente oportunidades de ponderarme los sufrimientos de la vida en las barracas y la contingencia de cualquier fuga, sueño peremne de los caucheros, que lo ven esbozarse y nunca lo realizan porque saben que la muerte cierra todas las salidas de la montaña” . También es cierto, que él cayó allí por la fuerza de uno de los cursos de la historia y su funesto destino: llevado por la búsqueda de su hijo, quien desde muy niño había escapado del hogar, situación que aceleró la muerte de la madre, y ocasionó que él hiciera un juramento: irlo a buscar y volverlo a casa aún después de muerto. Este fue el clímax de su desgracia.
Pero es Clemente Silva la persona quien también logra romper las ataduras, con su mente prodigiosa, y libre de las pesadillas posibilita que todo aquel horror de ese paraíso infernal traspase las fronteras, llevando un s.o.s para intentar rescatar a sus compañeros, pero a éstos la suerte ya no les acompaña. Y es en esta parte donde el autor utilizando la incertidumbre como elemento primordial de la narración deja abierto a la imaginación del lector el verdadero final de Arturo Cova, Alicia, Griselda, Fidel Franco y sus otros acompañantes.
En esta novela, el autor, a través de los narradores que intervienen en la construcción de la historia, con un realismo social, y con la intención de hacer una crítica a un sistema de cosas que acontecen en su país sin que autoridad alguna se de a la tarea de investigar y buscarle solución. Busca denunciar hechos brutales que se cometían contra la dignidad humana ante la “vista gorda” de funcionarios públicos tanto de Colombia, Brasil y Perú, como la comunidad internacional representada por las compañías extrajeras que, en concesión, explotaban tanto al hombre como a la selva misma para obtener grandes beneficios con la venta del “oro blanco”, como se le denominaba al caucho, que se manchaba con la sangre y sudor de los caucheros de los tres países.
REFERENCIA BIBLIOGRAFICA


1. La Vorágine, José Eustasio Rivera, Edición Popular.
2. Horas de literatura colombiana, Javier Arango Ferrer, Instituto Colombiano de Cultura, 1978.
3. Enciclopedia de Escritores Colombianos, Educar Editores.

sábado, 16 de octubre de 2010

AMATORIO I

¿Dónde está la métrica,
Dónde está el sonido…
Y dónde están las voces
Diminutas flores de mil pasos
O cactus con sabor herido?

Si el silencio es una constante,
Una enredadera de largos sortilegios
Y tú y yo, un par de aves
Que se han quedado sin su nido…
¿Dónde están tus sueños
Y los míos?

Me siento perdido en tus cabellos
Y abro mis labios y mis ojos
Cual mariposa inédita en su vuelo…
Y en cada rincón de ti
Vuelvo y me escondo
Como un topo orgulloso
De haber abierto
Una cicatriz
En el seno de la tierra.
Si siento…
Que el silencio es tan espeso
Rodando por mis manos
Y mis oídos,
¿Dónde están tus sueños y los míos?
No se si vuelan y vuelan
Y se enredan… y enredan
Entre el ansia de ayer
Y la nostalgia
Dejada por el fuego
Que se ha ido…

domingo, 22 de agosto de 2010

REFLEXION I

…Ya corren las sombras de la noche
Y un grito de dolor se eleva al cielo.
No existe canto que alivie este tormento
Ni risa que dulcifique el alma…
He vuelto abrir, por el calor, esta ventana
Y rueda la luna en medio del silencio,
Recojo de este abril una nostalgia
Y la guardo en el maletín de mis sueños.



…Espero que se añejen nuestras voces
que sean el vino que nos embriague a todos.
…Ya llegan cantando los gorriones
y las naves transitan soñolientas
sobre el fluvial lomo que nos refresca…
hundo mis píes hasta saciar mi sed
y vuelvo a revisar entre mis cosas
ese ruido que me viene desde adentro.



…Entonces navego entre las sombras
y me dejo perder sin rumbo fijo…
detengo entre mis manos una esperanza
y hago volar en múltiples pedazos
la cuerda que me ata a los recuerdos.
Ya corren las sombras de la noche
y un niño se aferra a mí como a su nido…
mas el odio es una constante en esta tierra.



…Y no es justo dejarme negar, por ella,
por esa maldita dama de la codicia,
que es la guerra. Primer eslabón del odio,
huella ineludible de las bestias sedientas
que hace de la violencia el único valor
capaz de agregarle a la bella existencia
dejando sin discurso razonable y serio
a la humildad hecha de carne y miseria.

lunes, 16 de agosto de 2010

Dolor e Impotencia…

A un gran amigo y poeta:
Manuel Alejandro Escobar C.
26 de noviembre del 2007.

Las sombras del ocaso hicieron su arribo
Vestidas de un negro y mísero ropaje,
Que tristes quedaron las hojas y el viento
Y nos fuimos llorando por el amigo ido…

Nos mirábamos de frente y atónitos
Era un fuerte y duro silencio, nadie,
En su incompleta sabiduría, sabía
Cómo se había detenido su corazón tan fuerte.

Contemplamos la serenidad de su rostro,
Entonces entendimos que la vida misma
Estaba más allá de la muerte…

Nos fuimos detrás del lóbrego cortejo
Y el canto abrió una ventana en el alma
Cual agujero repleto de angustia y de miedo.
II
…Sólo nos queda un sentir de fuego
Con manos atadas, dolor e impotencia.
Ya la parca anclaba, en el mar del cielo,
Su nave mortal desde nuestra orilla.

Ella, sólo nos niega saber de su ciencia
Y nos deja vagando en la ignominia de nuestra ignorancia,
Mas todos callamos frente a su presencia
Mientras que en los ojos llevamos…Clavada
La mortal daga de su indiferencia.

Pero, Manuel, amigo… ¡Esa, Jamás acabará
Con la inmortalidad de tus poemas…
Porque ellos tienen la fuerza de la sangre
Que con turbulencia corría por tus venas!

Dalit R. Escorcia Marchena.

SIDALIA (…O EL RECODO MAS OSCURO).

Ella llegó por el recodo más oscuro del camino. Y vino a este pueblo como todos llegamos, traída por los rumores del oro, el dinero fácil… y la ilusión de encontrar un hombre corpulento, bien parecido y que la hiciera gemir y temblar como lo hacia el difunto Genaro Palmos Alzote, según ella nos contaba, cada tarde, sentada en la tienda de Don Simón. Hasta que se le acabó el repertorio de actos sublimes y posiciones acrobáticas, que según ella, la dejaban llena de felicidad.
Ese día que murió Genaro Palmos Alzote, ella se dijo: “_No llores Sidalia Margarita Martínez…_”. Y suspirando, continuó: “_ya vendrán otros chupaflores que se saciarán con tu néctar…_” Y se puso a contemplar desde el balcón de su habitación cuanto hombre forastero llegaba al pueblo de paso a la capital. Hasta que se interrogó: “-¿Serás capaz, Sidalia Martínez, de dejarte morir así, cuando aún tienes fuerzas en las carnes para engendrar un buen vástago?”. Y se dio a la diligente tarea de empacar en su maleta, una a una, sus cosas y recoger parsimoniosamente sus pasos por el pueblo.
El día que llegó Sidalia Margarita a este pueblo, se armó una gran algarabía. Unos decían que venía de Fundación, Magdalena, y otros, entre esos yo, que venía de Corozal, Sucre. Lo cierto fue que nadie acertó. Ella venía de Tierra Alta, Córdoba. Tampoco acertamos sobre sus intenciones y dedicación. Unos decían que era comerciante y otros, entre ellos yo, que era de la vida alegre. Que triste mentira. La verdad fue otra… Ella era viuda, en busca de un marido que remplazara, en todo sentido, a su amado Genaro, hombre que había muerto en una riña en la gallera principal de su pueblo… No, su muerte no fue por gallos, según nos contaba ella misma, porque ese día ni siquiera habían programado riñas de gallos. Su muerte fue un accidente, una confusión, repetía ella hasta la saciedad.
Contaba, que él trabajaba en la gallera como vigilante y dos tipos se presentaron armados a buscar a su hermano gemelo y sin mediar palabras le propinaron tres tiros en la cabeza.
Desde la muerte de su marido, ella, juró largarse de ese pueblo e ir en busca de otros horizontes. Pero llegó aquí y ese fue su fin. Se enamoró de Andrés Alomar, un joven bien puesto, un gigoló, amable, menor que ella más de diez años, una gran diferencia. A él le gustaba la vida fácil, de rumba, y andar con las putas del camellón de los Arzuza. En ese tren de vida pasaron cinco años.
A Sidalia y Andrés, siempre se veían como dos tortolitos. Ella le creía todas las mentiras y le daba todo lo que él le pedía, y lo que a ella le gustaba verle lucir.
Pero un día, inexplicablemente, Andrés comenzó a sentirse cansado, enfermo, y sin ninguna clase de apetito. Ella se preocupó y lo llevó al médico del pueblo, quien lo examinó y le ordenó una serie de análisis. Pero él no mejoraba y los exámenes tampoco revelaban nada sobre su enfermedad. Fue enflaqueciendo, parecía un cadáver, cuando a ella se le vio salir con él para Barranquilla. Y a los quince días, ella regresó con la desagradable noticia que Andrés había muerto en un hospital de caridad de esa ciudad.
Sidalia Martínez, nunca dijo de la enfermedad por la que había muerto su hombre. Asumió la actitud de un profundo silencio y optó por encerrarse en su luto. Y una tarde, ya casi, entrada la noche, se le vio salir de su casa con la misma maleta de cuero marrón con que había llegado al pueblo. Y luego, perderse por el mismo recodo oscuro del camino por donde hacia mucho tiempo había llegado con su tragedia a cuesta.
Después de esos funestos acontecimientos, no hemos vuelto a saber de la vida de la viuda de Genaro Palmos y Andrés Alomar. Ayer llegó el hermano gemelo de su primer difunto, y se supo la verdadera historia de la muerte de su hermano. Y es muy triste. Y ya en el cementerio, desde aquellos días de Sidalia Martínez en este pueblo, hay más de doce cruces… Y en el fondo del rancho se escuchó la voz cansada y ronca del viejo Adriano: “-¿Quién sabe que peste nos trajo esa mujer, que hasta las burras se están muriendo…?”. Pedro Alomar, que lo escuchaba montado en su burro, dejó escapar un suspiro de tristeza… y echo andar el animal, camino a Barranquilla.

Autor: Dalit R. Escorcia Marchena.
Septiembre 7 del 2000.

sábado, 17 de julio de 2010

UN RENCUENTRO PÓETICO CON JULIO FLOREZ

En una de esas búsquedas, entre claros y oscuros, de la poesía colombiana, me encontré con una obra del cronista antioqueño, Hernán Restrepo Duque, editada por el Instituto Colombiano de Cultura, en 1972, titulada “La Gran Crónica de Julio Flórez”; en estos textos hallé un perfil profundamente humano del excelente vate chiquinquireño. Pero lo más sobresaliente de este trabajo literario es el estilo diáfano y sencillo utilizado para realizar una imagen mítica del poeta, en lo personal, pero ante todo su parte artística, desde sus influencias, por la misma admiración a Víctor Hugo, y su contemporaneidad con, el gran bardo nicaragüense, Rubén Darío. Es decir, que estuvo en el punto exacto del tiempo para tomar de las fuentes sagradas del romanticismo y degustar de algunas viandas del modernismo.
Lo cierto es que del bardo de “Gotas de Ajenjo”, “Cardos y Lirios”, “Manojos de Zarzas y Cestas de Abrojos”, entre otras de sus tantas obras, se ha dicho y escrito muchas cosas, desde aquel evento donde dejo de asistir para evitar, por un lado, la censura del gobierno de turno y por el otro, el desagradar a sus amigos y copartidarios políticos.
De esta forma se nos revela un Julio Flórez comprometido con un país, que igual al de hoy, se desangraba por una guerra sin sentido, la de los mil días.
Sin embargo, y a pesar, de su afiliación política, más por respeto a su forma de llegar a las masas populares a través de su musa, se le brindó muchos reconocimientos, entre ellos una corona de laurel, un 14 de enero de 1922, en Usiacurí, Atlántico. Todo esto como una forma de resarcir injusta actitud de vetar su poesía al encontrar en ella un tácito reclamo a aquellos literatos que utilizaban, y aún utilizan, su dote artística para adular a los poderosos. Una muestra de su actitud frente a estas manifestaciones son los versos del poema, que dice:

¡OH POETAS!
Nosotros, los cansados
De la vida, los pálidos, los tristes,
Los que vamos sin rumbo en el mar hondo
De la duda, entre escollos y entre sirtes;

Nosotros, los que vamos
Sin saber nuestro fin ni nuestro origen,
Con los ojos clavados en la eterna
Sombra, en busca de un astro que nos guíe.

Ya que no nos es dable
Ver la virtud preponderante y libre,
Pero sí el llanto y la miseria abajo
Y en la eminencia el deshonor y el crimen;

Ya que el talento es sombra
y luz el oro con el cual consiguen
Los perversos las honras, las conciencias,
Y hasta el azul donde el Señor sonríe,



Dejemos las endechas
Empalagosas, vanas y sutiles:
No más flores, ni pájaros, ni estrellas...
Es necesario que la estrofa grite!

Quejémonos, hagamos,
Si queremos ser grandes y ser libres,
Un ramal de las cuerdas de la lira
Para azotar con él a los serviles!

No sólo hallamos aquí la perfección del verso, sino la agudeza del sentimiento poético frente a la tiranía y a la injusticia para decir sin mordazas ni tapujos todo lo que le hiere al alma... y que no es sólo el amor incomprendido, sino la dura realidad de los desnudos y descalzos, que sufren, y necesitados marchan por las calles en busca de un redentor que les guíe hasta encontrar la gloria o el consuelo en el canto quejumbroso de una lira... instrumento que reconcilia la voz del poeta con los sueños de la inmortalidad... junto a los dioses del Olimpo.
Es Julio Flórez, un clásico exponente de la poesía colombiana de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, que muy a pesar de su popularidad, a causa de su comercialización musical de muchos de sus versos, en bambucos, pasillos, boleros y guabinas, entre otros aires musicales del interior de nuestro país, no se le ha dado la dimensión exacta que su arte se merece, tal vez porque entre los círculos de intelectuales del interior de Colombia se mantiene el influjo y encanto de figuras de la talla de José Asunción Silva y Porfirio Barba Jacob, entre otros. Sin desmeritar la poesía de estos bardos porque sería iluso, hay que reconocer que la crítica, a nivel nacional e internacional, con ellos ha sido más noble, le perdonaron tantas cosas... y al bardo chiquinquireño, nunca le perdonaron alcanzar la gloria que todo poeta ha deseado... según expresión del cronista antioqueño “estar sus versos en boca de la gente, como era el anhelo de los poetas españoles Manuel y Antonio Machado, con los suyos”.
La crítica literaria, un mal necesario, siempre ha sido un punto álgido de cualquier poeta, y más cuando este alcanza la talla del poeta Julio Flórez, por eso él con un soneto los sortea, les da el lugar preciso y exacto que su inspiración le inclina, leamos y escuchemos estas líneas:


A MIS CRÍTICOS

Si supiérais con qué piedad os miro
y cómo os compadezco en esta hora.
En medio de la paz de mi retiro
mi lira es más fecunda y más sonora.

Si con ello un pesar mayor os causo
y el dedo pongo en vuestra llaga viva,
sabed que nunca me importó el aplauso
ni nunca me ha importado la diatriba.

¿A qué dar tanto pábulo a la pena
que os produce una lírica victoria?
Ya la posteridad, grave y serena,

al separar el oro de la escoria
dirá cuando termine la faena,
quien mereció el olvido y quien la gloria.

Es excelso este soneto. Siguiendo una métrica ortodoxa, nos entrega el poeta un ramo de catorce versos con el cual golpea, con la sutileza de la palabra poética a sus críticos, haciendo alarde de una musicalidad inalienable, lo cual lo hace un poeta para la eternidad… No es tan fácil llegar a ese sitial, sólo los elegidos del parnaso lo logran. Que Dios tenga en su gloria a nuestro ilustre poeta. Yo, en esta fecha, y en forma modesta, les entrego el siguiente soneto para exaltar su nombre e inconfundible virtud de poeta:




SONETO A JULIO FLOREZ.

Un bardo con talento y voz serena
De intelecto sutil y muy fecundo,
Vino a decirnos en este mundo
Que se puede cantar por una pena.

Y de su lira brotaron muchos cantos
De amor, de dolor y de tristeza...
Le escribió versos a la noche, a la pobreza
E hizo, a muchos, contemplar su llanto...

Y brotaron de su boca con delirio
Racimos de frutas embriagantes...
De las flores derramó muchos capullos

Y del recién nacido fue arrullante.
¡Hoy resurge, entre nosotros elegante,
E inmortal, camina con orgullo!


Dalit R. Escorcia Marchena
Publicado en Suplemento Literario de La Libertad
Junio 10 del 2007