CANTAR POR LA VIDA... NO IMPORTA SI ES POR TRISTEZAS Ó ALEGRÍAS



"Estos Cantos se harán en versos o en prosas; lo que importa de ellos es la forma de mover los sentimientos. Si éstos son de alegría: ¡Que Viva la Vida!... Y si son de tristezas ¿qué le vamos hacer? pero... ¡Que siga Viviendo la Vida!"

Powered By Blogger

viernes, 28 de enero de 2011

BALADA DE UN CAMINANTE





Soy verbal por excelencia…
De mirada detenida,
Eso sí que la paciencia
Me ha llevado hasta la ciencia
En busca de pan y vino…
Ritmo, cadencia, sensualidad…
Combinado con la esencia,
Conjugado con la vida,
Hace de la miel un canto,
Una balada del mar
Y de sus olas, unas liras.
II
Soy de aroma fugaz
De caminos con espinas,
Vago, andariego e incapaz…
Constructor de sol y cielo
Interprete de los abuelos,
Que sin pensarlo, hoy voy
En busca del arca perdida…
III
Soy suave como la lana
Que me da calor y sueño,
Soy brazos para un pequeño…
Esa esperanza del mañana
La inmensidad de este reino
El verde de las montañas,
La luz… y de ti el empeño.

IV
Pero nada, nada, es mío…
Sólo mis huesos y carnes
Y el cantar del que me fío
Para seguir caminando
Por los senderos amargos
Entre los mares y ríos
De tus ojos y tus labios
Por los que lloró y río
En medio de mi calvario.

V
Pero nada, nada, es tuyo…
Sólo lo que te has inventado,
El aroma de tu cuerpo
Que hace de mi cuerpo fango,
Tu sonrisa a flor de labios
Que aumenta en mí un resabio
De ardiente y salvaje potro
Que brincando va a tus pasos

domingo, 16 de enero de 2011

LA TRAMOYA

“Uno no es por lo que escribe, sino por lo que ha leído.” (José Luis Borges).
Busqué un pedazo de papel. En él escribí la dirección que me dictaba ella. Salí inmediatamente, como quien lleva un mensaje importante. Atravesé media ciudad. Subí por la avenida Olaya Herrera. Iba en el auto de mi padre. Pero al llegar a la calle 72, sentí una sensación extraña, mis pensamientos se confundieron y la vista se me nubló. Pise el freno con fuerza, el ruido se hizo estridente, y el auto se detuvo. Me aflojé la corbata, la respiración se me acortaba, la sensación de angustia se hizo latente. Bajé el vidrio e hice seña con la mano a un vendedor de frutas que pasaba precisamente en ese momento a mi lado. Él, se me quedó mirando muy sorprendido. Opté por volver a repetir la seña. Entonces, aquel señor se me acercó, abrió como pudo la puerta, me ayudó a descender del auto, me dio su hombro y me condujo hacia la acera, donde sin aliento, me senté y esperé que se me pasara el malestar. Lo cierto era, que ya era demasiado tarde, mi corazón dejó de latir en ese instante; pero yo seguía vivo para mi conciencia y mis adentro.
Mientras tanto, ella me esperaba como lo acordado. Pero, nunca se imaginó que yo no iría a cumplir con su cita. Porque a esa hora, yo era llevado hasta una clínica cercana al sitio donde me había conducido mi último aliento. Tomó el teléfono y se dispuso a llamar, marcó reiterativamente, nadie atendía su llamado. Fastidiada desistió de su intento, se sentó en el sofá de la sala de espera. En ese instante, su mirada se detuvo en la revista Dainer que estaba sobre la mesita de centro, la alzó para leer un titular resaltado que despertó su curiosidad. Decía textualmente, “¿Tiene usted un seguro de vida… qué espera para tomarlo? Usted ni nadie es dueño de su vida”. De inmediato se acordó que su marido (Yo) tenía que ir al cardiólogo antes de pasar por la oficina de su abogado con quien tendría que ponerse de acuerdo sobre los términos del divorcio que habían comenzado a tramitar hacia ya escasos quince días. Sin embargo, no se preocupó, porque ella sabía con certeza que Yo nunca cumplía la hora de una cita, esto se me había vuelto una costumbre, tanto, que ella en forma de sorna me decía siempre gritando: “¡ni cuando te mueras vas a llegar puntual a tu propio entierro”. Encendió un cigarrillo, volteó la hoja de la revista… y fue tal su sorpresa, al ver mi foto encabezando una espeluznante crónica, cuyo titular era “Muere hombre asesinado por su amante a la salida de una clínica donde se recuperaba de un pre infarto”. Le pareció extraño, la Dainer no es revista sensacionalista, jamás publicaría una noticia de esa. No le dio más vuelta en su cabeza. Dejó la revista, tomó su cartera y salió corriendo de esa oficina, subió a su auto y partió a toda prisa. En el camino, hizo dos o tres llamadas; pero ya era demasiado tarde, su plan ya no tenía revesa.
La vi llegar, tan elegante que al comienzo no la conocí, sino es porque alguien, ahora no recuerdo quién, me la presentó, hubiera sido capaz de enamorarla, a mi propia viuda, y en mi sepelio. Pero era ella, la misma mujer que hacía no más de quince días me había pedido el divorcio. Y había urdido un plan macabro para acabar con mi vida. Ella, en esta ocasión, vestía muy elegante, llevaba un traje, corte Dior negro, unas zapatillas de igual color y unas gafas oscuras, para no dejarse ver sus fingidas lágrimas. La salude y la llevé hasta donde estaba mi madre. Se miraron en silencio, se dieron un abrazo y se sentaron frente a frente, cada una al lado del féretro donde yacía mi cadáver. Yo suspiré. Pensé que alguien podía descubrirme, y fui hacia el hall. Me perdí en el humo de los fumadores y en sus murmullos, y entré en las charlas desobligantes de algunos de mis parientes imprudentes. Nadie me reconoció, ya para qué, para todos los presentes, yo estaba muerto. Y todos, entraban y salían de la sala después de comprobar que en realidad quien estaba allí muerto, era yo. Pero yo no me convencía y me negaba aceptar esa fatídica verdad. Así estuve toda la noche, yendo y viniendo, hasta que sentí cansancio y me acosté en uno de los muebles que estaban en el corredor. Me quedé profundamente dormido. Cuando desperté me hallé encerrado en este sarcófago o… quizás es un laberinto sin salida, y en realidad, todavía es la hora, y no sé qué es. Intento salir, hago un esfuerzo sobre humano, pero todo es inútil. Entonces, grito, golpeo, pataleo, pero sólo me responde mi fracaso, mi inutilidad. Sé que estoy aún vivo, y que esta confusa oscuridad no es más que el producto de esa maldita anestesia que me pusieron en la clínica. Sé que me despertaré en unas horas y podré asistir a la cita que tenía con esa otra mujer. Sé que ella, mi esposa, lo tiene todo fríamente calculado, que va a querer quedarse con la casa, y a mí no me va a quedar otro remedio que quedarme con el carro, porque está viejo y ella ya no quiere nada con trastos viejos. Sé que los niños no formaran parte del reparto, porque ella también los quiere, porque es una forma de asegurar un poco más de su cuota pensión. Todo eso lo sé. Pero algo me dice que las cosas no van a salir como yo las pienso. Por eso espero, que ojalá ella piense igual que yo y se le olvide la cita. Pero con lo testaruda que es, yo sé que irá. Pero la sorpresa que se va a llevar va a ser muy grande porque esa idea de la revista nunca se me hubiera ocurrido a mí, porque sólo a una mujer, de su talante, se le podía ocurrir hacer ese montaje para evadir esos impuestos sobre el seguro, y planear lo otro también. Yo conocía mis planes, pero nunca me sospeché los de ella. Y esa fue su fortaleza, comenzar a planear como se deshacía de mí.
Todo lo comenzó siguiendo paso a paso las instrucciones que había encontrado en la internet, sobre crímenes famosos, en una página web titulada: “La Cuartada Perfecta”; lo arregló todo, de tal forma que pensó que nada le fallaría. Pero se le olvidó un detalle, la hora de mí cita con el cardiólogo se había pospuesto, y sólo a mí fue comunicada la nueva fecha, y ésta decisión, de mi médico, fue confidencial, y coincidía con la cita con el abogado de ella. Cuando recibí su llamada, aún yo, no maliciaba de su treta; y me fui a cumplir con su cita, pero no contaba, nadie, con ese pre infarto. Es así que sus planes se le vinieron abajo. Porque nunca pasé por el sitio donde, a esa misma hora, me esperaban los sicarios que había, yo, contratado. Entonces, mi muerte fue natural. Y hoy, ella vive angustiada escondiéndose del chantaje de los criminales, por el dinero de mi seguro de vida, y de su propia conciencia. ¿Cuándo, ella, se iba a imaginar que sería presa fácil de su propia trampa? Y lo peor de su karma, ellos también recibieron, de mí parte, una paga para que las cuentas quedaran bien equilibradas, sin repartos.
Ahora me preguntan qué pasó en realidad, y sinceramente no sé que contarles, porque tanto él, como Yo, fuimos víctimas de los mismos instintos. Él por estar siempre pensando en mi traición, y Yo, por quedarme sin opción al notar que él había evadido su responsabilidad frente a los niños… Sé que ahora se debe estar pudriendo en el Cementerio, pero el muy bellaco me dejó hundida en mis remordimientos, y con algo muy terrible a cuesta. ¿Cómo hago para pagarle a los miles de acreedores que me dejó? Si ellos piensan que él me había entregado todos sus bienes en los trámites de divorcio. Eso nunca fue verdad, sólo fue una de sus tretas para salvar su pellejo. Sin embargo, el muy idiota, pensaba que Yo me iba a quedar con los brazos cruzados. Y he allí su trágico final. Nunca sospechó que todo lo relacionado con sus problemas cardíacos se derivaban de la dieta alimenticia que Yo le suministraba. Lo que no me exime de esta condena, que esa juez me profirió… y que, por intento de homicidio. Pero la verdad es otra, a él lo mató su maldita codicia… sino pregúntenle a la otra mujer que él tenía.
La mujer (mi esposa) se alejó del recinto dejando a los periodistas sin comprender la realidad de los hechos. Ella, se les perdió en uno de los pasillos que daban hacía las celdas, sin mostrar una pizca de remordimiento. Pero ya la noticia había sido confirmada por el médico forense: su muerte (la mía) había sido causada por una sobre dosis de barbitúricos con una mezcla que contenía un 40% de cocaína y 30% de heroína líquida, el resto era pura basura, base de coca y más pastas. Entonces (me pregunto) de dónde sacó la fiscalía la otra versión, eso de un plan para asesinar al ilustre abogado Armando Bullog González (mi persona), ese 4 de octubre de 1995, cuando intentara llegar al consultorio jurídico del Licenciado Andrés Rokett Altamar (su abogado), a firmar el acta de divorcio que lo separaría definitivamente de la cardióloga Luisa Spencer Aluna( la loca de mi mujer), era la que tenía confundidos, no sólo a los medios de comunicación de esta ciudad, sino a la misma ciudadanía en general, y a mí.

viernes, 17 de diciembre de 2010

CREACION DEL AGUA EN LA FUENTE

...Moldeo mis manos en la arcilla
Navegación serena de las gotas,
Ojos del cielo. Cae la lluvia,
Ninfas celestes de orquídeas y rosas,

…moldeo mis versos con sus voces,
Arco de luz y sonidos transparentes…
Sueños de búsqueda entre la gente,
Deseo sublime de pasión y goce.

Bella canción del mar en la alborada,
Fluido cristalino, húmedo y fugaz, roce
Sensación de frescura en la mañana,
Lagrimas de la noche en mi ventana…

Ojos de Dios que desde las sombras posan,
Y hacen emerger un lánguido suspiro…
De agotado amor, entre mis sábanas.

jueves, 9 de diciembre de 2010

¡COMO UN GRAN HOMENAJE A DOS GRANDES AMIGOS: Manuel Escobar (q.p.d.) y Jaime Cabrera González.

Los sobrevivientes


Por: JAIME CABRERA GONZÁLEZ
Por segunda vez la cita no se dio. En la primera ocasión Manuel J. Escobar no pudo llegar y en ésta, fui yo quien no cumplió. Aunque en los últimos años he estado en Barranquilla para Navidad y Año Nuevo, en esta oportunidad no pude viajar como me hubiera gustado y asistir a la invitación, con afiche y todo, abierta por el pintor Samuel Buelvas para reunir a los amigos de “Mañe” en Lunabril, un sitio que aparece en la guía como restaurante bar, pero que es en realidad una casa encantada. Digo, con cantos que trepan por las paredes como venas poéticas.
El encuentro inicial nació hace dos años cuando la poeta Nora Carbonell me presentó a María Bernarda. Ella me dijo: “¡Ah, tú eres el ‘famoso’ jaimecabrera del que tanto habla manuelescobar!”. Como le comenté que hacía años no lo veía, se le ocurrió organizar un reencuentro para cuando yo volviera. Al calor de los güisquis dije que la velada literaria se llamaría “Los sobrevivientes” para hacer referencia a que muchos de quienes habían comenzado sus “carreras literarias” conmigo habían dejado enfriar el brazo. Pero también a los que permanecían en la ciudad después de que en los años 90 un puñado del grupo nos desbandamos por el mundo.
En el próximo regreso ya había un programa. Volvería a reunirme con Manuel como en los viejos tiempos, pero también estarían Ubaldina Díaz, Samuel Buelvas, Nora Carbonell, Christian Salas, Lya Sierra y el profesor Guillermo Mejía Mendoza, porque a estas alturas de la vida Berty Barranco se había establecido en Nueva York, William Renneberg en un pueblecito de Carolina del Norte, David Esguerra en Venezuela y Carlos Arturo Camargo en Tampa, y sobre Dalit Escorcia y Jorge Luis Bastidas nadie daba un dato preciso sobre sus respectivos paraderos. Que uno después de ser una especie de poeta maldito se había santificado de tanto trabajar con unos curas; que el otro lo había visto tras unas faldas en Cienfuegos, Cuba, y no sé qué más chismes que no vienen al caso.
Al entrar los años 80 había un fervor cultural en Barranquilla, en especial, en el ámbito literario tal como aparece reseñado en el libro “Escribir en Barranquilla” de Ramón Illán Bacca. Los grupos de escritores jóvenes brotaban y se extendían como la verdolaga; los que no publicaban en los periódicos —que ya no daban abasto— creaban sus propias revistas y mostraban sus textos. Como yo andaba sin conexión con otros creadores ni conocía a los encargados de las páginas literarias de la prensa llegué a inventarme un grupo que logró hacer su entrada triunfal un viernes del 1978 en el Diario El Nacional junto a la foto del muerto y la crónica roja del día, en un espacio de Aníbal Tobón llamado “Kontacto”. Claro que nadie, hasta hoy, supo que el único miembro del grupo que firmaba un poema-manifiesto a cuatro manos era yo y el nombre de una novia que no se enteró del robo de identidad.
Verme en letras de molde me hizo tan valiente y prosaico que acabé con el “grupo” y me dediqué a vivir del cuento publicando en otros diarios con tan buen tino (o sino) que un día de noviembre llegó la noticia —al instante con la muerte de mi abuelo— que me había ganado un premio iberoamericano de ese género en Chile. Y se armó el alboroto: “Pero si no tiene grupo”. “Pero si no tiene revista”. Para colmo de males El Heraldo publicó una foto que correspondía a la imagen de un gobernante de una isla del Caribe invadida por los Estados Unidos y su “Furia Urgente”. O, por lo menos, mis barbas lucían tan desgranadas como las del granadino Maurice Bishop. “¿Pero, en fin, quién es este ‘man’?”, dicen que decían.
A mi regreso de Santiago de Chile se me ocurrió hacer lo que hacían (y siguen haciendo) muchos de mis amigos músicos, es decir, no parar de aprender sobre el oficio y me inscribí en un taller literario (tan de moda) que dirigía el crítico Carlos J. María en la Universidad del Norte. Allí conocí a William Renneberg quien me invitó al lanzamiento de la Casa de la Cultura Francisco “Pacho” Bolaños, en honor al folclorista y poeta negro, evento que se llevaría a cabo ese domingo en un salón de la Escuela Normal. Finalmente, después del blablablá, de la elección de una junta directiva y del hambre que me ganaba, terminé formando parte de un grupo de verdad.
Un sábado, día en que nos reuníamos a las cuatro en punto de la tarde, apareció Ubaldina Díaz con un cargamento de poemas que leyó por varias semanas hasta que nos enteramos que cada vez venía detrás de ella, sin dejarse ver, un hombre que llegaba a la tienda de la esquina y cigarrillo tras cigarrillo cuestionaba a los parroquianos del Barrio Olaya sobre qué hacía su mujer allí, quiénes éramos nosotros y quién sabe a qué lo hubieran llevado los celos si no lo hubiéramos bajado de su nube de Kent e invitado a leer su trabajo poético traspapelado con los exámenes que sacó de un maletín de profesor del SENA. Desde esa tarde, Manuel no sólo se nos metió en el corazón, sino que ya no hubo manera de callarlo, de bajarle el voltaje a ese histrión que le quedó de sus días de declamador y luego alimentado por la militancia sindical.
Después, como para no variar, creamos la revista “Cofa de Mesana” (no de Mexana como creían los que pensaban que teníamos el patrocinio del talco y querían saber cómo éramos los únicos que habíamos conseguido un respaldo económico). Hacía referencia a un término de marinería que nos sugirió Álvaro Suescún, que fungía de “gurú” desde la marquetería Arte Cristal, a partir de una columna del escritor cereteano Leopoldo Berdella que publicaba en un periódico de Cali. El “órgano oficial” de la Casa de la Cultura Pacho Bolaños, como decía el cabezote, fue el viaje de un barco de papel en mares de tinta, textos levantados de manera artesanal a veces en el patio de una casa de mala reputación, planchas electrostáticas de dudosa procedencia y una regularidad de mandato divino: aparecía cuando Dios quería.
Durante varios años el colectivo de escritores y pintores aunque se despachó con recitales, viajes, ponencias, encuentros, programa de radio y Manuel llegó a presidir la Unión Nacional de Escritores de Colombia, capítulo Atlántico, también se fue reduciendo después de que realizáramos para televisión el documental “El Torito nunca pierde” en 1990, basado en la Danza del Torito, con la dirección de Livingston Crawford. Las reuniones pasaron del Barrio Olaya a la casa de Manuel, Ubaldina, Nani y Manolo en El Silencio o en algún bar por ahí, cualquier día, a cualquier hora. Las presentaciones fueron más individuales y los libros publicados no correspondían al grupo, sino a esfuerzos personales. La revista desapareció y sólo quedó Samuel Buelvas levantando el último ejemplar palabra por palabra en una plancha de linóleo sin prisa, pero sin pausa.
Sin embargo, cuando ya el grupo dejó de ser una aventura gratamente extenuante como el amor, Manuel siguió hablando de cada uno de sus integrantes en las noches en que iba a tomarse sus frías a Lunabril. De ahí que se hubiera pensado en aprovechar mi presencia en la ciudad para organizar un reencuentro de los sobrevivientes de la Casa de la Cultura Pacho Bolaños y la revista Cofa de Mesana. Hacía unos cinco años que no veía a Manuel, la última vez estuve en el lanzamiento de uno de sus poemarios, pero las presentaciones se extendieron tanto que sentí peligraba una reunión que tenía muy buenas piernas y me fui antes de que leyera el primer texto. Mea culpa. Después me enteré que Manuel había pasado por un periodo de depresión que, creo, lo empujó a no buscarme cuando sabía que estaba en la ciudad. Tenía una nueva familia y otro hijo, había atravesado un problema laboral que lo alejaba de la docencia, manejaba un taxi y, además, nosotros los de entonces ya no estábamos ahí ni éramos los mismos.
A pesar de haber llegado unos días antes de la cita no me comuniqué con él para que el encuentro, el reencuentro, fuera ahí en vivo y en directo. Me acosté pensando en esto que he escrito y en los días inolvidables que pasamos cuando vino a visitarme a la islita en que viví cerca de Miami Beach. A las 7 de la mañana sonó el teléfono, aunque mi mamá nunca me despierta a esa hora porque nunca sé en qué planeta estoy, qué día es, con quién estoy hablando, creyó al identificar la voz de Nora Carbonell que se trataba de algo importante sobre la presentación de esa noche en Lunabril y me pasó. No abrí los ojos, sólo escuché la voz de Norita, clara, cálida, ahora nada risueña, que me dijo: “Jaime, en esta madrugada se nos fue Manuel”.

lunes, 6 de diciembre de 2010

BAJO EL IMPERIO DE LA INCERTIDUMBRE.

En ese túnel de terciopelo y seda,
Desde esa cueva que incuba la vida
Existen millones de años, de gritos
De nostalgia, sombras que vibran
Y rompen los silencios del tiempo…

Ese orificio donde el cosmos se levanta
Y deja caer su lava en sus riveras…
Y desde allí vine y voy como otra sombra
Motivado por un deseo de ser eterno.
Y sólo semillas somos, de frutos que maduran…

Y se pudren, dejando regadas otras semillas.
Vientre de mujer, esa es la Tierra…
Yo un pistilo que apunta hacia la muerte.
Busco, con ansiedad, otra existencia…
Y aunque creo en Dios, dudo de mis fuerzas.

De pronto soy el sueño de otros dioses
Que me pintaron en sus cavernas
Y el tiempo me va borrando, lentamente,
Sin antes dibujarme en otra dimensión
Dejando mi pincel para otra fuente.



Dalit R. Escorcia M.
Agosto 23 del 2003.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Un Son.

Quiero escribir un poema
Que me sepa a dulce e caña
Quiero trepar las montañas
Y allí dejar ya mis penas…

Quiero pintar un arco iris
Con la risa de los niños
Y disolver el sol con mi cariño
Ante tu hidalguía morena.

Quiero, quiero, ser tu alma
Para estar siempre contigo
Al pie de una ventana…
Buscando el calor, tu abrigo
Desde el sol por la mañana
Hasta el medio día… lo pido.

Y si tú a mí me quieres
Como yo siempre te quise
Lloverán risas y flores
Por el placer con que te venistes…

Y seré tu enamorado,
Una cigarra, una luciérnaga
Para cantar a tu lado…
Para darte luz eterna.

Quiero ser un navegante
De tu nostálgico océano
Y posar ya, así, mis manos
Sobre el borde de tu cuerpo.

Navegar entre la bruma
De los horizontes negros
Y estrellarme con las olas
En el arrecife eterno…

Y morirme como un ave
En la lentitud de un vuelo.
Y morirme como un pez
Entre la lluvia y el viento…

lunes, 25 de octubre de 2010

ENSAYO CRÍTICO SOBRE “LA VORÁGINE” OBRA LITERARIA DE JOSÉ EUSTACIO RIVERA

La narrativa colombiana se ha caracterizado por tener representaciones muy sólidas en cada una de las épocas. Lo que ha definido unas proyecciones a través del tiempo en la construcción de un imaginario que ha respondido a una dinámica local sin desligarse de los movimientos literarios a nivel universal. De esta forma, nuestros escritores han dejado profundas huellas en ambos ámbitos, porque han tenido la inigualable capacidad para captar la realidad, desde todas las dimensiones, de nuestro país, plasmando con prolifera imaginación un mundo que nos facilita la comprensión de nuestras fortalezas y debilidades desde la intención del rescate de una autentica identidad cultural.
Con el anterior presupuesto, nos introducimos a un análisis crítico literario de una de las obras cumbres de nuestro continente americano: como es la Vorágine “(1924) es la novela de la selva que no ha sido superada con mejor técnica por otros americanos. Diferente de los géneros usuales, abrió la ruta de la gran novela americana en un grandioso y bárbaro escenario en que hombres y fieras se devoran siguiendo la ley del más fuerte. El cauchero esclavo de empresas bandoleras ligadas al capital extranjero, sabe cuando el látigo hace sangrar sus heridas y su hombría, pero no sabe si caer al pie del árbol, para convertirse en fango de la oscuridad, fue asesinado por el puñal de un ladrón o por el colmillo de una serpiente” ; en ésta José Eustacio Rivera nos muestra dos grandes facetas y dilema de un país que se revela ante el mundo como un espacio abierto en la búsqueda y la construcción de una convivencia democrática “La vorágine no es Colombia sino la definición misma de la violencia; aun la novela fue devorada por el gran poema. Las fallas estilísticas no le quitan la grandeza; las cualidades de Rivera como poeta son sus defectos como prosista” . Y en el fondo, vive una situación de conflictos sociales, políticos y culturales que lo arrastran a enfrentar consigo mismo y su ambiente natural “estas tierras de nadie, sin una guarnición ni una bandera dizque son soberanas porque en el concepto de soberanía caben todos los sarcasmos” . Para el hombre colombiano aquí la selva se convierte en su peor enemigo. “Entonces la caoba meció sus ramas y escuche en sus rumores estos anatemas: picadlo, picadlo con vuestro hierro para que experimente lo que es el hacha en la carne viva. Picadlo aunque esté indefenso, pues el también destruyo los árboles y es justo que conozca nuestro martirio.
Por si el bosque entendía mis pensamientos, le dirigí esta meditación: ¡Mátame, si quieres, que estoy vivo aun!” . Y como una forma de venganza contra todas las bajezas cometidas contra su integridad pone a los seres humanos a enfrentarse entre sí, ilusionados por la ambición de buscar y obtener más y más riqueza.
Esta historia se inicia en la ciudad de Bogotá entre Arturo Cova, poeta aventurero en busca de emociones fuertes, y Alicia, jovencita de la sociedad bogotana, rebelde… pero frágil y tierna. Pero, cómo quienes que parten del cielo al purgatorio* bajan al llano, donde el autor con una pluma magistral nos plasma en su narración unas tierras sin límites donde se respira libertad, y una sensación de camino ancho y sin dificultades que, en el sentido teológico, conduce al infierno que ente caso es la selva y todo su rigor. “Está la selva sádica y virgen procura el ánimo la alucinación del peligro próximo. El vegetal es un ser sensible cuya psicología desconocemos. En estas soledades, cuando nos habla, solo entiende su idioma el presentimiento. Bajo su poder, los nervios del hombre se convierten en haz de cuerda, distendidos hacia el asalto, hacia la traición, hacia la asechanza. Los sentidos húmanos equivocan sus facultades: el ojo siente, la espalda ve, la nariz explora, las piernas calculan y la sangre clama: ¡Huyamos huyamos!” . Un lugar misterioso lleno de riquezas naturales, pero también donde se fermentan las pasiones más bajas de la especie humana. Y se personifican éstas en Barrera, el cayeno, la turca y sus secuaces; seres que parecen sacados de los fondos más intricados de la conducta infernal; y puestos allí por el ingenio de este hombre nacido* como una forma de hacer más comprensible la brutalidad de la naturaleza en la ejecución de su justa venganza. No obstante, José Eustacio Rivera da la palabra a Clemente Silva, para que éste con gran acierto nos narre, desde su oficio de rumbero y hombre adolorido, golpeado por el infortunio desde su juventud, la forma como la selva se vuelve implacable frente aquellos que osan atacarla en el afán de obtener sus beneficios en detrimento de su propia integridad física. “No perdía don Clemente oportunidades de ponderarme los sufrimientos de la vida en las barracas y la contingencia de cualquier fuga, sueño peremne de los caucheros, que lo ven esbozarse y nunca lo realizan porque saben que la muerte cierra todas las salidas de la montaña” . También es cierto, que él cayó allí por la fuerza de uno de los cursos de la historia y su funesto destino: llevado por la búsqueda de su hijo, quien desde muy niño había escapado del hogar, situación que aceleró la muerte de la madre, y ocasionó que él hiciera un juramento: irlo a buscar y volverlo a casa aún después de muerto. Este fue el clímax de su desgracia.
Pero es Clemente Silva la persona quien también logra romper las ataduras, con su mente prodigiosa, y libre de las pesadillas posibilita que todo aquel horror de ese paraíso infernal traspase las fronteras, llevando un s.o.s para intentar rescatar a sus compañeros, pero a éstos la suerte ya no les acompaña. Y es en esta parte donde el autor utilizando la incertidumbre como elemento primordial de la narración deja abierto a la imaginación del lector el verdadero final de Arturo Cova, Alicia, Griselda, Fidel Franco y sus otros acompañantes.
En esta novela, el autor, a través de los narradores que intervienen en la construcción de la historia, con un realismo social, y con la intención de hacer una crítica a un sistema de cosas que acontecen en su país sin que autoridad alguna se de a la tarea de investigar y buscarle solución. Busca denunciar hechos brutales que se cometían contra la dignidad humana ante la “vista gorda” de funcionarios públicos tanto de Colombia, Brasil y Perú, como la comunidad internacional representada por las compañías extrajeras que, en concesión, explotaban tanto al hombre como a la selva misma para obtener grandes beneficios con la venta del “oro blanco”, como se le denominaba al caucho, que se manchaba con la sangre y sudor de los caucheros de los tres países.
REFERENCIA BIBLIOGRAFICA


1. La Vorágine, José Eustasio Rivera, Edición Popular.
2. Horas de literatura colombiana, Javier Arango Ferrer, Instituto Colombiano de Cultura, 1978.
3. Enciclopedia de Escritores Colombianos, Educar Editores.