A un gran amigo y poeta:
Manuel Alejandro Escobar C.
26 de noviembre del 2007.
Las sombras del ocaso hicieron su arribo
Vestidas de un negro y mísero ropaje,
Que tristes quedaron las hojas y el viento
Y nos fuimos llorando por el amigo ido…
Nos mirábamos de frente y atónitos
Era un fuerte y duro silencio, nadie,
En su incompleta sabiduría, sabía
Cómo se había detenido su corazón tan fuerte.
Contemplamos la serenidad de su rostro,
Entonces entendimos que la vida misma
Estaba más allá de la muerte…
Nos fuimos detrás del lóbrego cortejo
Y el canto abrió una ventana en el alma
Cual agujero repleto de angustia y de miedo.
II
…Sólo nos queda un sentir de fuego
Con manos atadas, dolor e impotencia.
Ya la parca anclaba, en el mar del cielo,
Su nave mortal desde nuestra orilla.
Ella, sólo nos niega saber de su ciencia
Y nos deja vagando en la ignominia de nuestra ignorancia,
Mas todos callamos frente a su presencia
Mientras que en los ojos llevamos…Clavada
La mortal daga de su indiferencia.
Pero, Manuel, amigo… ¡Esa, Jamás acabará
Con la inmortalidad de tus poemas…
Porque ellos tienen la fuerza de la sangre
Que con turbulencia corría por tus venas!
Dalit R. Escorcia Marchena.
Este blog es un espacio creado para publicar las producciones literarias de Dalit R. Escorcia M., para que sus amigos y los que no lo son, pero deseen recrearse, se regalen un momento de su tiempo para depositar sus ojos y su mente sobre estas líneas que buscan abrir un camino hacia la libertad de una verdadera creación con amor y dolor. Autor.
CANTAR POR LA VIDA... NO IMPORTA SI ES POR TRISTEZAS Ó ALEGRÍAS
"Estos Cantos se harán en versos o en prosas; lo que importa de ellos es la forma de mover los sentimientos. Si éstos son de alegría: ¡Que Viva la Vida!... Y si son de tristezas ¿qué le vamos hacer? pero... ¡Que siga Viviendo la Vida!"
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lunes, 16 de agosto de 2010
SIDALIA (…O EL RECODO MAS OSCURO).
Ella llegó por el recodo más oscuro del camino. Y vino a este pueblo como todos llegamos, traída por los rumores del oro, el dinero fácil… y la ilusión de encontrar un hombre corpulento, bien parecido y que la hiciera gemir y temblar como lo hacia el difunto Genaro Palmos Alzote, según ella nos contaba, cada tarde, sentada en la tienda de Don Simón. Hasta que se le acabó el repertorio de actos sublimes y posiciones acrobáticas, que según ella, la dejaban llena de felicidad.
Ese día que murió Genaro Palmos Alzote, ella se dijo: “_No llores Sidalia Margarita Martínez…_”. Y suspirando, continuó: “_ya vendrán otros chupaflores que se saciarán con tu néctar…_” Y se puso a contemplar desde el balcón de su habitación cuanto hombre forastero llegaba al pueblo de paso a la capital. Hasta que se interrogó: “-¿Serás capaz, Sidalia Martínez, de dejarte morir así, cuando aún tienes fuerzas en las carnes para engendrar un buen vástago?”. Y se dio a la diligente tarea de empacar en su maleta, una a una, sus cosas y recoger parsimoniosamente sus pasos por el pueblo.
El día que llegó Sidalia Margarita a este pueblo, se armó una gran algarabía. Unos decían que venía de Fundación, Magdalena, y otros, entre esos yo, que venía de Corozal, Sucre. Lo cierto fue que nadie acertó. Ella venía de Tierra Alta, Córdoba. Tampoco acertamos sobre sus intenciones y dedicación. Unos decían que era comerciante y otros, entre ellos yo, que era de la vida alegre. Que triste mentira. La verdad fue otra… Ella era viuda, en busca de un marido que remplazara, en todo sentido, a su amado Genaro, hombre que había muerto en una riña en la gallera principal de su pueblo… No, su muerte no fue por gallos, según nos contaba ella misma, porque ese día ni siquiera habían programado riñas de gallos. Su muerte fue un accidente, una confusión, repetía ella hasta la saciedad.
Contaba, que él trabajaba en la gallera como vigilante y dos tipos se presentaron armados a buscar a su hermano gemelo y sin mediar palabras le propinaron tres tiros en la cabeza.
Desde la muerte de su marido, ella, juró largarse de ese pueblo e ir en busca de otros horizontes. Pero llegó aquí y ese fue su fin. Se enamoró de Andrés Alomar, un joven bien puesto, un gigoló, amable, menor que ella más de diez años, una gran diferencia. A él le gustaba la vida fácil, de rumba, y andar con las putas del camellón de los Arzuza. En ese tren de vida pasaron cinco años.
A Sidalia y Andrés, siempre se veían como dos tortolitos. Ella le creía todas las mentiras y le daba todo lo que él le pedía, y lo que a ella le gustaba verle lucir.
Pero un día, inexplicablemente, Andrés comenzó a sentirse cansado, enfermo, y sin ninguna clase de apetito. Ella se preocupó y lo llevó al médico del pueblo, quien lo examinó y le ordenó una serie de análisis. Pero él no mejoraba y los exámenes tampoco revelaban nada sobre su enfermedad. Fue enflaqueciendo, parecía un cadáver, cuando a ella se le vio salir con él para Barranquilla. Y a los quince días, ella regresó con la desagradable noticia que Andrés había muerto en un hospital de caridad de esa ciudad.
Sidalia Martínez, nunca dijo de la enfermedad por la que había muerto su hombre. Asumió la actitud de un profundo silencio y optó por encerrarse en su luto. Y una tarde, ya casi, entrada la noche, se le vio salir de su casa con la misma maleta de cuero marrón con que había llegado al pueblo. Y luego, perderse por el mismo recodo oscuro del camino por donde hacia mucho tiempo había llegado con su tragedia a cuesta.
Después de esos funestos acontecimientos, no hemos vuelto a saber de la vida de la viuda de Genaro Palmos y Andrés Alomar. Ayer llegó el hermano gemelo de su primer difunto, y se supo la verdadera historia de la muerte de su hermano. Y es muy triste. Y ya en el cementerio, desde aquellos días de Sidalia Martínez en este pueblo, hay más de doce cruces… Y en el fondo del rancho se escuchó la voz cansada y ronca del viejo Adriano: “-¿Quién sabe que peste nos trajo esa mujer, que hasta las burras se están muriendo…?”. Pedro Alomar, que lo escuchaba montado en su burro, dejó escapar un suspiro de tristeza… y echo andar el animal, camino a Barranquilla.
Autor: Dalit R. Escorcia Marchena.
Septiembre 7 del 2000.
Ese día que murió Genaro Palmos Alzote, ella se dijo: “_No llores Sidalia Margarita Martínez…_”. Y suspirando, continuó: “_ya vendrán otros chupaflores que se saciarán con tu néctar…_” Y se puso a contemplar desde el balcón de su habitación cuanto hombre forastero llegaba al pueblo de paso a la capital. Hasta que se interrogó: “-¿Serás capaz, Sidalia Martínez, de dejarte morir así, cuando aún tienes fuerzas en las carnes para engendrar un buen vástago?”. Y se dio a la diligente tarea de empacar en su maleta, una a una, sus cosas y recoger parsimoniosamente sus pasos por el pueblo.
El día que llegó Sidalia Margarita a este pueblo, se armó una gran algarabía. Unos decían que venía de Fundación, Magdalena, y otros, entre esos yo, que venía de Corozal, Sucre. Lo cierto fue que nadie acertó. Ella venía de Tierra Alta, Córdoba. Tampoco acertamos sobre sus intenciones y dedicación. Unos decían que era comerciante y otros, entre ellos yo, que era de la vida alegre. Que triste mentira. La verdad fue otra… Ella era viuda, en busca de un marido que remplazara, en todo sentido, a su amado Genaro, hombre que había muerto en una riña en la gallera principal de su pueblo… No, su muerte no fue por gallos, según nos contaba ella misma, porque ese día ni siquiera habían programado riñas de gallos. Su muerte fue un accidente, una confusión, repetía ella hasta la saciedad.
Contaba, que él trabajaba en la gallera como vigilante y dos tipos se presentaron armados a buscar a su hermano gemelo y sin mediar palabras le propinaron tres tiros en la cabeza.
Desde la muerte de su marido, ella, juró largarse de ese pueblo e ir en busca de otros horizontes. Pero llegó aquí y ese fue su fin. Se enamoró de Andrés Alomar, un joven bien puesto, un gigoló, amable, menor que ella más de diez años, una gran diferencia. A él le gustaba la vida fácil, de rumba, y andar con las putas del camellón de los Arzuza. En ese tren de vida pasaron cinco años.
A Sidalia y Andrés, siempre se veían como dos tortolitos. Ella le creía todas las mentiras y le daba todo lo que él le pedía, y lo que a ella le gustaba verle lucir.
Pero un día, inexplicablemente, Andrés comenzó a sentirse cansado, enfermo, y sin ninguna clase de apetito. Ella se preocupó y lo llevó al médico del pueblo, quien lo examinó y le ordenó una serie de análisis. Pero él no mejoraba y los exámenes tampoco revelaban nada sobre su enfermedad. Fue enflaqueciendo, parecía un cadáver, cuando a ella se le vio salir con él para Barranquilla. Y a los quince días, ella regresó con la desagradable noticia que Andrés había muerto en un hospital de caridad de esa ciudad.
Sidalia Martínez, nunca dijo de la enfermedad por la que había muerto su hombre. Asumió la actitud de un profundo silencio y optó por encerrarse en su luto. Y una tarde, ya casi, entrada la noche, se le vio salir de su casa con la misma maleta de cuero marrón con que había llegado al pueblo. Y luego, perderse por el mismo recodo oscuro del camino por donde hacia mucho tiempo había llegado con su tragedia a cuesta.
Después de esos funestos acontecimientos, no hemos vuelto a saber de la vida de la viuda de Genaro Palmos y Andrés Alomar. Ayer llegó el hermano gemelo de su primer difunto, y se supo la verdadera historia de la muerte de su hermano. Y es muy triste. Y ya en el cementerio, desde aquellos días de Sidalia Martínez en este pueblo, hay más de doce cruces… Y en el fondo del rancho se escuchó la voz cansada y ronca del viejo Adriano: “-¿Quién sabe que peste nos trajo esa mujer, que hasta las burras se están muriendo…?”. Pedro Alomar, que lo escuchaba montado en su burro, dejó escapar un suspiro de tristeza… y echo andar el animal, camino a Barranquilla.
Autor: Dalit R. Escorcia Marchena.
Septiembre 7 del 2000.
sábado, 17 de julio de 2010
UN RENCUENTRO PÓETICO CON JULIO FLOREZ
En una de esas búsquedas, entre claros y oscuros, de la poesía colombiana, me encontré con una obra del cronista antioqueño, Hernán Restrepo Duque, editada por el Instituto Colombiano de Cultura, en 1972, titulada “La Gran Crónica de Julio Flórez”; en estos textos hallé un perfil profundamente humano del excelente vate chiquinquireño. Pero lo más sobresaliente de este trabajo literario es el estilo diáfano y sencillo utilizado para realizar una imagen mítica del poeta, en lo personal, pero ante todo su parte artística, desde sus influencias, por la misma admiración a Víctor Hugo, y su contemporaneidad con, el gran bardo nicaragüense, Rubén Darío. Es decir, que estuvo en el punto exacto del tiempo para tomar de las fuentes sagradas del romanticismo y degustar de algunas viandas del modernismo.
Lo cierto es que del bardo de “Gotas de Ajenjo”, “Cardos y Lirios”, “Manojos de Zarzas y Cestas de Abrojos”, entre otras de sus tantas obras, se ha dicho y escrito muchas cosas, desde aquel evento donde dejo de asistir para evitar, por un lado, la censura del gobierno de turno y por el otro, el desagradar a sus amigos y copartidarios políticos.
De esta forma se nos revela un Julio Flórez comprometido con un país, que igual al de hoy, se desangraba por una guerra sin sentido, la de los mil días.
Sin embargo, y a pesar, de su afiliación política, más por respeto a su forma de llegar a las masas populares a través de su musa, se le brindó muchos reconocimientos, entre ellos una corona de laurel, un 14 de enero de 1922, en Usiacurí, Atlántico. Todo esto como una forma de resarcir injusta actitud de vetar su poesía al encontrar en ella un tácito reclamo a aquellos literatos que utilizaban, y aún utilizan, su dote artística para adular a los poderosos. Una muestra de su actitud frente a estas manifestaciones son los versos del poema, que dice:
¡OH POETAS!
Nosotros, los cansados
De la vida, los pálidos, los tristes,
Los que vamos sin rumbo en el mar hondo
De la duda, entre escollos y entre sirtes;
Nosotros, los que vamos
Sin saber nuestro fin ni nuestro origen,
Con los ojos clavados en la eterna
Sombra, en busca de un astro que nos guíe.
Ya que no nos es dable
Ver la virtud preponderante y libre,
Pero sí el llanto y la miseria abajo
Y en la eminencia el deshonor y el crimen;
Ya que el talento es sombra
y luz el oro con el cual consiguen
Los perversos las honras, las conciencias,
Y hasta el azul donde el Señor sonríe,
Dejemos las endechas
Empalagosas, vanas y sutiles:
No más flores, ni pájaros, ni estrellas...
Es necesario que la estrofa grite!
Quejémonos, hagamos,
Si queremos ser grandes y ser libres,
Un ramal de las cuerdas de la lira
Para azotar con él a los serviles!
No sólo hallamos aquí la perfección del verso, sino la agudeza del sentimiento poético frente a la tiranía y a la injusticia para decir sin mordazas ni tapujos todo lo que le hiere al alma... y que no es sólo el amor incomprendido, sino la dura realidad de los desnudos y descalzos, que sufren, y necesitados marchan por las calles en busca de un redentor que les guíe hasta encontrar la gloria o el consuelo en el canto quejumbroso de una lira... instrumento que reconcilia la voz del poeta con los sueños de la inmortalidad... junto a los dioses del Olimpo.
Es Julio Flórez, un clásico exponente de la poesía colombiana de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, que muy a pesar de su popularidad, a causa de su comercialización musical de muchos de sus versos, en bambucos, pasillos, boleros y guabinas, entre otros aires musicales del interior de nuestro país, no se le ha dado la dimensión exacta que su arte se merece, tal vez porque entre los círculos de intelectuales del interior de Colombia se mantiene el influjo y encanto de figuras de la talla de José Asunción Silva y Porfirio Barba Jacob, entre otros. Sin desmeritar la poesía de estos bardos porque sería iluso, hay que reconocer que la crítica, a nivel nacional e internacional, con ellos ha sido más noble, le perdonaron tantas cosas... y al bardo chiquinquireño, nunca le perdonaron alcanzar la gloria que todo poeta ha deseado... según expresión del cronista antioqueño “estar sus versos en boca de la gente, como era el anhelo de los poetas españoles Manuel y Antonio Machado, con los suyos”.
La crítica literaria, un mal necesario, siempre ha sido un punto álgido de cualquier poeta, y más cuando este alcanza la talla del poeta Julio Flórez, por eso él con un soneto los sortea, les da el lugar preciso y exacto que su inspiración le inclina, leamos y escuchemos estas líneas:
A MIS CRÍTICOS
Si supiérais con qué piedad os miro
y cómo os compadezco en esta hora.
En medio de la paz de mi retiro
mi lira es más fecunda y más sonora.
Si con ello un pesar mayor os causo
y el dedo pongo en vuestra llaga viva,
sabed que nunca me importó el aplauso
ni nunca me ha importado la diatriba.
¿A qué dar tanto pábulo a la pena
que os produce una lírica victoria?
Ya la posteridad, grave y serena,
al separar el oro de la escoria
dirá cuando termine la faena,
quien mereció el olvido y quien la gloria.
Es excelso este soneto. Siguiendo una métrica ortodoxa, nos entrega el poeta un ramo de catorce versos con el cual golpea, con la sutileza de la palabra poética a sus críticos, haciendo alarde de una musicalidad inalienable, lo cual lo hace un poeta para la eternidad… No es tan fácil llegar a ese sitial, sólo los elegidos del parnaso lo logran. Que Dios tenga en su gloria a nuestro ilustre poeta. Yo, en esta fecha, y en forma modesta, les entrego el siguiente soneto para exaltar su nombre e inconfundible virtud de poeta:
SONETO A JULIO FLOREZ.
Un bardo con talento y voz serena
De intelecto sutil y muy fecundo,
Vino a decirnos en este mundo
Que se puede cantar por una pena.
Y de su lira brotaron muchos cantos
De amor, de dolor y de tristeza...
Le escribió versos a la noche, a la pobreza
E hizo, a muchos, contemplar su llanto...
Y brotaron de su boca con delirio
Racimos de frutas embriagantes...
De las flores derramó muchos capullos
Y del recién nacido fue arrullante.
¡Hoy resurge, entre nosotros elegante,
E inmortal, camina con orgullo!
Dalit R. Escorcia Marchena
Publicado en Suplemento Literario de La Libertad
Junio 10 del 2007
Lo cierto es que del bardo de “Gotas de Ajenjo”, “Cardos y Lirios”, “Manojos de Zarzas y Cestas de Abrojos”, entre otras de sus tantas obras, se ha dicho y escrito muchas cosas, desde aquel evento donde dejo de asistir para evitar, por un lado, la censura del gobierno de turno y por el otro, el desagradar a sus amigos y copartidarios políticos.
De esta forma se nos revela un Julio Flórez comprometido con un país, que igual al de hoy, se desangraba por una guerra sin sentido, la de los mil días.
Sin embargo, y a pesar, de su afiliación política, más por respeto a su forma de llegar a las masas populares a través de su musa, se le brindó muchos reconocimientos, entre ellos una corona de laurel, un 14 de enero de 1922, en Usiacurí, Atlántico. Todo esto como una forma de resarcir injusta actitud de vetar su poesía al encontrar en ella un tácito reclamo a aquellos literatos que utilizaban, y aún utilizan, su dote artística para adular a los poderosos. Una muestra de su actitud frente a estas manifestaciones son los versos del poema, que dice:
¡OH POETAS!
Nosotros, los cansados
De la vida, los pálidos, los tristes,
Los que vamos sin rumbo en el mar hondo
De la duda, entre escollos y entre sirtes;
Nosotros, los que vamos
Sin saber nuestro fin ni nuestro origen,
Con los ojos clavados en la eterna
Sombra, en busca de un astro que nos guíe.
Ya que no nos es dable
Ver la virtud preponderante y libre,
Pero sí el llanto y la miseria abajo
Y en la eminencia el deshonor y el crimen;
Ya que el talento es sombra
y luz el oro con el cual consiguen
Los perversos las honras, las conciencias,
Y hasta el azul donde el Señor sonríe,
Dejemos las endechas
Empalagosas, vanas y sutiles:
No más flores, ni pájaros, ni estrellas...
Es necesario que la estrofa grite!
Quejémonos, hagamos,
Si queremos ser grandes y ser libres,
Un ramal de las cuerdas de la lira
Para azotar con él a los serviles!
No sólo hallamos aquí la perfección del verso, sino la agudeza del sentimiento poético frente a la tiranía y a la injusticia para decir sin mordazas ni tapujos todo lo que le hiere al alma... y que no es sólo el amor incomprendido, sino la dura realidad de los desnudos y descalzos, que sufren, y necesitados marchan por las calles en busca de un redentor que les guíe hasta encontrar la gloria o el consuelo en el canto quejumbroso de una lira... instrumento que reconcilia la voz del poeta con los sueños de la inmortalidad... junto a los dioses del Olimpo.
Es Julio Flórez, un clásico exponente de la poesía colombiana de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, que muy a pesar de su popularidad, a causa de su comercialización musical de muchos de sus versos, en bambucos, pasillos, boleros y guabinas, entre otros aires musicales del interior de nuestro país, no se le ha dado la dimensión exacta que su arte se merece, tal vez porque entre los círculos de intelectuales del interior de Colombia se mantiene el influjo y encanto de figuras de la talla de José Asunción Silva y Porfirio Barba Jacob, entre otros. Sin desmeritar la poesía de estos bardos porque sería iluso, hay que reconocer que la crítica, a nivel nacional e internacional, con ellos ha sido más noble, le perdonaron tantas cosas... y al bardo chiquinquireño, nunca le perdonaron alcanzar la gloria que todo poeta ha deseado... según expresión del cronista antioqueño “estar sus versos en boca de la gente, como era el anhelo de los poetas españoles Manuel y Antonio Machado, con los suyos”.
La crítica literaria, un mal necesario, siempre ha sido un punto álgido de cualquier poeta, y más cuando este alcanza la talla del poeta Julio Flórez, por eso él con un soneto los sortea, les da el lugar preciso y exacto que su inspiración le inclina, leamos y escuchemos estas líneas:
A MIS CRÍTICOS
Si supiérais con qué piedad os miro
y cómo os compadezco en esta hora.
En medio de la paz de mi retiro
mi lira es más fecunda y más sonora.
Si con ello un pesar mayor os causo
y el dedo pongo en vuestra llaga viva,
sabed que nunca me importó el aplauso
ni nunca me ha importado la diatriba.
¿A qué dar tanto pábulo a la pena
que os produce una lírica victoria?
Ya la posteridad, grave y serena,
al separar el oro de la escoria
dirá cuando termine la faena,
quien mereció el olvido y quien la gloria.
Es excelso este soneto. Siguiendo una métrica ortodoxa, nos entrega el poeta un ramo de catorce versos con el cual golpea, con la sutileza de la palabra poética a sus críticos, haciendo alarde de una musicalidad inalienable, lo cual lo hace un poeta para la eternidad… No es tan fácil llegar a ese sitial, sólo los elegidos del parnaso lo logran. Que Dios tenga en su gloria a nuestro ilustre poeta. Yo, en esta fecha, y en forma modesta, les entrego el siguiente soneto para exaltar su nombre e inconfundible virtud de poeta:
SONETO A JULIO FLOREZ.
Un bardo con talento y voz serena
De intelecto sutil y muy fecundo,
Vino a decirnos en este mundo
Que se puede cantar por una pena.
Y de su lira brotaron muchos cantos
De amor, de dolor y de tristeza...
Le escribió versos a la noche, a la pobreza
E hizo, a muchos, contemplar su llanto...
Y brotaron de su boca con delirio
Racimos de frutas embriagantes...
De las flores derramó muchos capullos
Y del recién nacido fue arrullante.
¡Hoy resurge, entre nosotros elegante,
E inmortal, camina con orgullo!
Dalit R. Escorcia Marchena
Publicado en Suplemento Literario de La Libertad
Junio 10 del 2007
miércoles, 7 de julio de 2010
PROLOGO DEL LIBRO DE POEMAS: AMOR, ALMA Y POESÍA. Autor: Neido Gutiérrez García. /editorial Trópico-Barranquilla.
La poesía es la forma más divina de expresar los sentimientos. Y cuando éstos salen del alma logran construir un clamor universal que se llama solidaridad para la fraternidad humana; dentro de ese pacto de amistad que une a hombres y mujeres románticos sin distingo de razas, credos o escuelas, se desbordan como una rápida cascada las palabras dándole un verdadero significado a cada acto de la vida… sea de alegría, de dolor o de tristeza. En ese constante dilema, sobre la existencia, siempre se ha alzado la voz del poeta, para romper las fuertes cadenas que nos atan a una vida sin esperanza. De esta forma, encontramos que en Neido Gutiérrez, sus tristezas, alcanzan a darle fuerza a sus reclamos sin importarle que su voz se pierda en la indiferencia, dejando una marca indeleble en la distancia, porque él ha sido capaz de construir con sus cantos un espacio abierto a los suspiros y cerrado a los llantos. Por eso exclama “Hasta cuando seguirás con tu farsa/ Mostrando fuerte el corazón/ Vibrando con pasión tu cuerpo/ Pero golpeando sin cesar tu alma.” Pero esas tristezas en el fondo son un trágico reclamo porque el poeta se siente cruzando un túnel que lo conduce a hacia un punto inexplicable donde la vida depende más de lo que deje de hacer la parca: “La muerte inefable e inminente me acompaña/Ronda toda la pradera/ Ronda todo mi existir”. Realmente, la voz del poeta no se deja escuchar como un reclamo sino una resignada queja contra el amor y el dolor que causa la soledad…
Y así, se vislumbra inmediatamente que esas marcas son huellas dejadas en la carne, en la voz y el lento andar de su cuerpo en la búsqueda de un trascender más allá de la tierra. Cuando él dice: “Arrugas y amarguras invaden mi cuerpo/Tristezas y sufrimientos embriagan y queman/ Soledades y sombras persiguen mi vida/Lo que ayer fue, hoy ni siquiera se asoma.”, nos está confirmando esa ansiedad por conocer lo irrevocable en esta condena, muy a pesar que se tenga fe sobre una nueva vida y se tenga la convicción de levitar al romper las ataduras que lo sostiene a este mundo de calamitosa existencia. Entonces, se dirige a ella resignado pero altivo para dejar en claro que aún la vida manda y que “Quizás mañana acompañe a tu llamado/ Tal vez hoy no sé, lo haría por ti/ Mi vida un sinsabor pregona/Mi cuerpo una tristeza muestra/ Que hasta tú ARES hoy me harías feliz.” Una felicidad evocadora de una verdadera resignación. No obstante, en “Ojos Cerrados Almas Abiertas” se evidencia un canto de consuelo que revitaliza la ilusión que el Poeta siente que va perdiendo sin saber por qué… y mueve sus alas, y de nuevo se levanta expresando estos versos de alto quilate “No mueras porque aún hay almas que sueñan/Y no dejes de ser suave como el canto que el poeta en un suspiro /involuntario da”, que repite como si quisiera enfatizar sobre su gran deseo de escapar de ese estado del alma que quiere llevarlo a la infelicidad.
Pero es a la soledad a la que más le teme, y es tanto su temor que lo lleva a la negación de su existencia y esto lo hace evidente en la cadencia de estos versos a la amada “Tu ausencia marca una triste soledad/Me desvanezco como la aurora al despuntar el sol/ Y de tanto estar solo no existo.” Y algo nos dice que las tristezas son una forma de catarsis para liberar al corazón de tanta angustia y producir con los deshechos de sus ansias un suspiro balsámico que haga reverdecer el cofín de la esperanza. Sin embargo, es el amor carnal, el que con sus artilugios logra consolar esos estados del alma… porque es la fuerza que reanima la energía y reactiva la sangre que circula en busca de oxigenar los cantos… y en ese instante brotan los más dicientes y hermoso versos “En La Cama”: “Manantial de amores en tu corazón encuentro/ Perfumes de rosas en cada suspiro inhalo/ Corazones ardientes en palpitares siento/Murmullos y susurros en melodías al oído escucho”. Se nota un cambio diametral en el estado de ánimo del poeta. Ya las tristezas van siendo superadas y dan paso a la exaltación del erotismo, “Caricias y abrazos muy tiernos inicias/ Tus manos recorren suavemente mi cuerpo/ Latidos constante mi corazón pregonan/ Vibra mi cuerpo de manera incesante”. Y continua con esa fuerza provocadora de los amantes “Siguen tus manos ahora muy fuertes/ Delineando mi cuerpo hasta el inalcanzable éxtasis”. Y en ese clímax, se da un desbordar de imágenes tentadoras de “Mares oníricos de sueños ardientes” que se refrescan para “Y una vez más…/En la noche, cuando cómplice y coqueta se muestra, /Manantiales de amores en tu corazón encuentro/Perfume de rosas…” La poesía erótica se mantiene latente con la fuerza y delicadeza de unos versos tejidos con las manos, brazos, piernas y besos, hasta hacer vibrar toda la carne y volverse una canción que despierta la ansiedad en el delicado calor de unas sábanas, en la cama, revueltas que dejan escapar un destello de luz y suspiros que marcan una distancia entre aquella tristeza y el perfume que gravita en alma, derramado en la tenue penumbra del cuarto… y se escapa su voz para decir colmado de alegría: “Te hago el amor como el más hermoso ritual, /Como si fuera la última canción del baile/Como el último día de mi existencia/Me tiendo en la cama y pienso si eres en realidad la mujer de mis sueños /O el hermoso poema que quise siempre escribir “.
Sinceramente, no es nada fácil ahondar en la poesía de Neido Gutiérrez porque su gran capacidad de transitar en el campo de la lirica deja al lector sin aliento, porque sus expresiones plásticas, con el uso de las palabras, al mismo instante, es capaz de abrir muchas vertientes y dejar correr turbulentamente desde sus ínclitas montañas de versos un torrente de voces e imágenes capaces de penetrar en los rincones más recónditos de los espíritus.
Con estos cantos, el poeta, busca mitigar los estados del alma y encontrar la comprensión de aquellos, que al igual que él, han cantado, soñado, llorado y sufrido… pero al leerlos sentirán que por fin no están solos.
Y así, se vislumbra inmediatamente que esas marcas son huellas dejadas en la carne, en la voz y el lento andar de su cuerpo en la búsqueda de un trascender más allá de la tierra. Cuando él dice: “Arrugas y amarguras invaden mi cuerpo/Tristezas y sufrimientos embriagan y queman/ Soledades y sombras persiguen mi vida/Lo que ayer fue, hoy ni siquiera se asoma.”, nos está confirmando esa ansiedad por conocer lo irrevocable en esta condena, muy a pesar que se tenga fe sobre una nueva vida y se tenga la convicción de levitar al romper las ataduras que lo sostiene a este mundo de calamitosa existencia. Entonces, se dirige a ella resignado pero altivo para dejar en claro que aún la vida manda y que “Quizás mañana acompañe a tu llamado/ Tal vez hoy no sé, lo haría por ti/ Mi vida un sinsabor pregona/Mi cuerpo una tristeza muestra/ Que hasta tú ARES hoy me harías feliz.” Una felicidad evocadora de una verdadera resignación. No obstante, en “Ojos Cerrados Almas Abiertas” se evidencia un canto de consuelo que revitaliza la ilusión que el Poeta siente que va perdiendo sin saber por qué… y mueve sus alas, y de nuevo se levanta expresando estos versos de alto quilate “No mueras porque aún hay almas que sueñan/Y no dejes de ser suave como el canto que el poeta en un suspiro /involuntario da”, que repite como si quisiera enfatizar sobre su gran deseo de escapar de ese estado del alma que quiere llevarlo a la infelicidad.
Pero es a la soledad a la que más le teme, y es tanto su temor que lo lleva a la negación de su existencia y esto lo hace evidente en la cadencia de estos versos a la amada “Tu ausencia marca una triste soledad/Me desvanezco como la aurora al despuntar el sol/ Y de tanto estar solo no existo.” Y algo nos dice que las tristezas son una forma de catarsis para liberar al corazón de tanta angustia y producir con los deshechos de sus ansias un suspiro balsámico que haga reverdecer el cofín de la esperanza. Sin embargo, es el amor carnal, el que con sus artilugios logra consolar esos estados del alma… porque es la fuerza que reanima la energía y reactiva la sangre que circula en busca de oxigenar los cantos… y en ese instante brotan los más dicientes y hermoso versos “En La Cama”: “Manantial de amores en tu corazón encuentro/ Perfumes de rosas en cada suspiro inhalo/ Corazones ardientes en palpitares siento/Murmullos y susurros en melodías al oído escucho”. Se nota un cambio diametral en el estado de ánimo del poeta. Ya las tristezas van siendo superadas y dan paso a la exaltación del erotismo, “Caricias y abrazos muy tiernos inicias/ Tus manos recorren suavemente mi cuerpo/ Latidos constante mi corazón pregonan/ Vibra mi cuerpo de manera incesante”. Y continua con esa fuerza provocadora de los amantes “Siguen tus manos ahora muy fuertes/ Delineando mi cuerpo hasta el inalcanzable éxtasis”. Y en ese clímax, se da un desbordar de imágenes tentadoras de “Mares oníricos de sueños ardientes” que se refrescan para “Y una vez más…/En la noche, cuando cómplice y coqueta se muestra, /Manantiales de amores en tu corazón encuentro/Perfume de rosas…” La poesía erótica se mantiene latente con la fuerza y delicadeza de unos versos tejidos con las manos, brazos, piernas y besos, hasta hacer vibrar toda la carne y volverse una canción que despierta la ansiedad en el delicado calor de unas sábanas, en la cama, revueltas que dejan escapar un destello de luz y suspiros que marcan una distancia entre aquella tristeza y el perfume que gravita en alma, derramado en la tenue penumbra del cuarto… y se escapa su voz para decir colmado de alegría: “Te hago el amor como el más hermoso ritual, /Como si fuera la última canción del baile/Como el último día de mi existencia/Me tiendo en la cama y pienso si eres en realidad la mujer de mis sueños /O el hermoso poema que quise siempre escribir “.
Sinceramente, no es nada fácil ahondar en la poesía de Neido Gutiérrez porque su gran capacidad de transitar en el campo de la lirica deja al lector sin aliento, porque sus expresiones plásticas, con el uso de las palabras, al mismo instante, es capaz de abrir muchas vertientes y dejar correr turbulentamente desde sus ínclitas montañas de versos un torrente de voces e imágenes capaces de penetrar en los rincones más recónditos de los espíritus.
Con estos cantos, el poeta, busca mitigar los estados del alma y encontrar la comprensión de aquellos, que al igual que él, han cantado, soñado, llorado y sufrido… pero al leerlos sentirán que por fin no están solos.
“Ars longa, vita brevis” / Aforismo de Hipócrates.
…de tu perfecta desnudez
Mis manos se embriagan,
Corren sigilosas, serpenteantes,
Buscan el borde de tus profundidades.
Mis ojos se detienen en tus abismos
Y esa copa de piel, canta a la luna.
Y el rocío cristalino, moja tus pliegues,
Y mis ojos dentro destejen otro himno.
¡Canto de libertad y de esperanza!
Voces que nos llegan de las montañas,
Sueño andariego de un poeta…
Flor de cayena abierta y roja…
Muerte y dolor cuajan mis ojos
Sangre dispersa sobre el planeta.
…bajan mis manos hasta tu pubis,
Hierve mi sangre en tu silencio
Siento vibrar tu piel muy dentro…
Ansias de ti hasta mí suben
¡Canta cantor tus ilusiones!
Abre tus labios en pos de un verso
Llegan tus carnes como las mieles
Beso tu boca, sorbo tus besos…
¡Cuelga el pistilo, la flor se duerme…
Cierro mis ojos y el pensamiento!
Mis manos se embriagan,
Corren sigilosas, serpenteantes,
Buscan el borde de tus profundidades.
Mis ojos se detienen en tus abismos
Y esa copa de piel, canta a la luna.
Y el rocío cristalino, moja tus pliegues,
Y mis ojos dentro destejen otro himno.
¡Canto de libertad y de esperanza!
Voces que nos llegan de las montañas,
Sueño andariego de un poeta…
Flor de cayena abierta y roja…
Muerte y dolor cuajan mis ojos
Sangre dispersa sobre el planeta.
…bajan mis manos hasta tu pubis,
Hierve mi sangre en tu silencio
Siento vibrar tu piel muy dentro…
Ansias de ti hasta mí suben
¡Canta cantor tus ilusiones!
Abre tus labios en pos de un verso
Llegan tus carnes como las mieles
Beso tu boca, sorbo tus besos…
¡Cuelga el pistilo, la flor se duerme…
Cierro mis ojos y el pensamiento!
martes, 29 de junio de 2010
¿QUIÉN O QUIENES?
¿Quién llena estos vacíos…
De voces taciturnas?
¿Quién gime ante mi tumba
Si estoy muerto de frío…?
Espero que noviembre traiga
Un canto de alegría, envuelto
En grato papel de regalo
Para que diciembre coseche navidades…
Un hermoso nido de guirnaldas
Colgado del dintel de la inmensa soledad.
¿Quién abrió sus ojos al olvido
Y sin requiebros se dejó mojar?
¿Y quién abrió su boca a las palabras
Y dejó cercar sus oídos en la distancia
Cuando las horas se iban diluyendo
Detrás de cada campanada?
¿Y quién detuvo estos versos en el aire
E hizo palomas y flores desde la oscuridad
De la distancia y entre pecados escribió
Un verso a las tristes añoranzas?
Se fueron entonces los hidalgos
Y nos quedaron los gamines en las calles…
Un pobre perro se rasca su sarna
Y una pequeña hace de su cuerpo un infierno.
Es la lluvia de palabras que en gotas
Resbala desde el alar de las almas…
¿Y quién pena, y quién llora?
Y no responde sino la sangre de la aurora.
Otra ola de calor se desliza y decanta
Cuando busco el fresco sabor de tus palabras.
Pero esta tarde se muere la luz en tu distancia
Y vaporosa sube una canción hasta mi alma…
De voces taciturnas?
¿Quién gime ante mi tumba
Si estoy muerto de frío…?
Espero que noviembre traiga
Un canto de alegría, envuelto
En grato papel de regalo
Para que diciembre coseche navidades…
Un hermoso nido de guirnaldas
Colgado del dintel de la inmensa soledad.
¿Quién abrió sus ojos al olvido
Y sin requiebros se dejó mojar?
¿Y quién abrió su boca a las palabras
Y dejó cercar sus oídos en la distancia
Cuando las horas se iban diluyendo
Detrás de cada campanada?
¿Y quién detuvo estos versos en el aire
E hizo palomas y flores desde la oscuridad
De la distancia y entre pecados escribió
Un verso a las tristes añoranzas?
Se fueron entonces los hidalgos
Y nos quedaron los gamines en las calles…
Un pobre perro se rasca su sarna
Y una pequeña hace de su cuerpo un infierno.
Es la lluvia de palabras que en gotas
Resbala desde el alar de las almas…
¿Y quién pena, y quién llora?
Y no responde sino la sangre de la aurora.
Otra ola de calor se desliza y decanta
Cuando busco el fresco sabor de tus palabras.
Pero esta tarde se muere la luz en tu distancia
Y vaporosa sube una canción hasta mi alma…
lunes, 28 de junio de 2010
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