CANTAR POR LA VIDA... NO IMPORTA SI ES POR TRISTEZAS Ó ALEGRÍAS



"Estos Cantos se harán en versos o en prosas; lo que importa de ellos es la forma de mover los sentimientos. Si éstos son de alegría: ¡Que Viva la Vida!... Y si son de tristezas ¿qué le vamos hacer? pero... ¡Que siga Viviendo la Vida!"

lunes, 12 de abril de 2010

LAS MALDICIONES CREADAS/ (María Leyendo Las Cartas)

“Buscar tu realidad en el fondo de mis fantasías me ha costado tantos dolores de cabeza, que hoy, temo por este juego de palabras que me han conducido al fondo del fracaso… Sin embargo, siento que tu realidad me ha transportado por un doloroso camino, y suspiro y pienso que lo que yo soñaba, para ti, era simplemente una pérdida de tiempo. Entonces, me enredé; fui al precipicio, y en el fondo de ese abismo, hoy me encuentro…”
Ella escuchó mi voz. Abrió los ojos, se detuvo a mirarme. Sentí fastidio. Sus reclamos me sacaron de mis pensamientos, me trajeron a la realidad. Que lástima, ya me faltaba poco para cuadrar mi cuento, esa canción que estaba componiendo teniendo como apoyo la música de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés. Por eso pienso: “nada me ha sido fácil”. Tú te llevas, cada vez que puedes, esos felices momentos. Cierro nuevamente los ojos e intento olvidarme de tu voz, pero ella no me deja, se cuelga de mis oídos. Vuelvo y abro los ojos. Me da miedo. Siento que algo turbio me invade. Entonces opto por levantarme de la cama y dejarla sola, mascando su rabia, consumiendo mi espacio y mi tiempo, negando mi fantasía con su realidad. Me siento torpe, porque ella, con gritos, espera que yo regrese. Pero ya he tomado mi decisión. O la mato y me suicido, o me suicido y dejo que ella se consuma en su propio veneno.
La lluvia se me vino encima. Fue tan silenciosa que no la sentí llegar. Hay veces que me fastidian las gotas, pero esta vez no; me siento como cuando era niño, que corría por las calles llenas de charcos y me metía en cuanto chorro encontraba a mi paso. Los demás niños también hacían lo mismo. Hoy siento que las aguas de lluvia me fastidian, me dan fobia, y presiento que me puedo enfermar. Por eso decido ocultarme en cualquier alar. A veces llevo paraguas, pero en esta ocasión lo he olvidado. Hasta creo que fue buena idea, sino hubiera sido así, no sé qué me hubiera pasado.
Ella seguía sentada en la cama, aspiraba el humo de su cigarrillo, lo veía disolverse en las cuatro paredes de ese cuartucho de malas pulgas que, por sus consejos, él había tomado en arriendo la noche anterior…
Sé que no me ama. Nunca lo ha hecho, sólo me usa como un objeto de sus pasiones sexuales. Presiento que él es un miserable pero, en el fondo, siento que más miserable soy yo, que me he dejado llevar por su juego. Sé que algún día Emiro tomará la determinación correcta y yo estaré allí para ayudarle… Realmente, son largos años de espera, tiempo en que lo he visto hundirse en su mierda. Esa retórica banal de resentido contra todo el mundo. Ya nadie lo mira; pasa sobre él como si fuera un cero a la izquierda, eso es lo que más le disgusta, lo pone de mal genio. Ahora, me ha dejado esperándolo, mientras va al retrete y se descarga de todo ese peso físico que lleva en sus entrañas y el peso de su conciencia que lo agobia y no lo deja dormir. Tengo la certeza que algún día no saldrá del baño… y allí estaré yo para ser la primera en ver su espectáculo final: su última presentación en público. No sé qué tiempo real tendré que pasar a su lado antes que se cumpla mi presentimiento. Ahora sólo me queda esperar… y esperare.
Ahí debe estar sentada en el borde de la cama, como quien hace la maldita lectura del tarot. No puede quedarse sola un segundo, está tan metida en ese mundo de las cartas que ya se las sabe de memoria, y juega con ellas aunque éstas las esconda en el lugar más remoto, como en este instante. Me la imagino cuadrándolas, de tal forma, que su lectura será escatológica y su presentimiento se ajuste a mi realidad. Ya sé lo que me va a decir, si es que salgo de aquí… si es que esta maldita depresión no me conduce derechito al “batraciao” que guardo en mi bolsillo. ¿Cómo haré para entender a María? Siempre vive criticándome, pero cuando yo me deprimo, me consuela y corre a buscar el dinero para comprarme el vicio. Sé que ella quiere que yo me muera, por eso hace eso. Está tan segura de mi muerte, como yo lo estoy, de sus malvadas intenciones.
Lo he visto perderse. Sé que todo lo comienza y termina con un mal pensamiento. Ya estoy cansada de sus ataques de grandeza, de sus locuras. Pero no lo dejo porque no sé cómo va a reaccionar cuando se halle solo. Estoy segura que volverá a tomar las calles. Se hundirá cada vez más en sus heces, y entonces si será difícil volverlo a la realidad. Estoy plenamente segura que, Emiro, ya no es más de ahí. Cuando yo le leí las cartas por primera vez, le mostré un camino promisorio, podía llegar lejos con la nueva trova; en verdad no me creyó, pensó que eran vainas mías, que la gitana que me enseño me había estafado. De pronto en ese momento tenía razón, pero con el tiempo yo aprendí, y de allá a acá, todo lo que le he dicho le ha salido cierto. Sin embargo, no me atrevo confesarle la verdad sobre lo que vi ayer en la última carta que le leí. En verdad me duele… pero le mentí; y le mentí porque sé que no resistiría la verdad de esa carta. Si fuera yo, también me pasaría lo mismo, desearía haberme equivocado. Pero esa carta no falla. Sólo estoy esperando ese momento, tal vez su impotencia viril y esta llovizna, en pleno mes de mayo, sean la señal. Pero no puedo asegurar nada porque él con su miedo me ha escondido las cartas.
Él, en cuclillas y lleno de resentimientos, se miraba entre las piernas; veía su órgano, flácido, colgar como un ser desfallecido. Lo tomó entre sus manos e intentó reanimarlo, pero no reaccionaba. Se llevó las manos a la cabeza… sintió que el mundo se le venía encima; maldijo el día que se había tropezado con María, y juró vengarse de ella, por todos los conjuros que le había hecho. Se puso de píe y le lanzó una mirada triste y nostálgica a su encogido pene.
Es María, con sus cartas, la única responsable de todas mis desgracias. Desde que ella aprendió ese arte, y dejó a un lado el canto, la vida se me volvió un ocho… yo siempre se lo dije: “ve, María, no sigas desafiando lo arcano, es mejor vivir la vida sin estar retando los misterios que nos guarda el futuro y lo tuyo, sinceramente, es la música… nos podemos llenar de plata, y eso lo sé yo sin utilizar esas porquerías de cartas”. Entonces, ella me daba media vuelta, se reía, y se iba cantando: “¡La vida nos da sorpresa, sorpresa nos da la vida! ¡Ay, Dios...! ¡Pedro Navaja, ladrón de esquina, al que a hierro mata a hierro termina!”. Mientras la veía perderse detrás de la cortina que dividía el cuartucho, y yo me quedaba sumido en el silencio, maquinando la forma de deshacerme de ese maldito maleficio. Y tomé la firme decisión de terminar con ella. Abrí la puerta y me lance a la calle, como un perro “picao” de mal de rabia.
María, se había quedado dormitada. No sintió el ruido de la puerta cuando Emiro salió hacía la calle. Soñó con él cuando apenas tenían semanas de haberse conocido. Lo vio con su sombrero cubano, vestido de guayabera blanca y pantalón de dril del mismo color; además, llevaba puesta unas abarcas trespuntá; en las manos llevaba una guitarra e interpretaba una canción de Piero, aquella que decía “algo” sobre los estudiantes. Ella sentía la música, pero no distinguía muy bien su letra. Esa imagen, de él, nunca se le ha borrado de su mente, y eso que han trascurrido más de veinte años. “¡Lástima!”, exclamaba para sus adentros, “quién iba a pensar que al encontrarse conmigo, y yo aceptarlo como era, con sus vicios, iba ser peor la medicina que la enfermedad”. Se despertó sobresaltada y corrió hacia el baño presintiendo lo peor. Empujó la lámina de zinc que hacía las veces de puertas, y sus ojos se hallaron con un vacío; pero su corazón bajó su ritmo, y se fue tranquilizando lentamente.
Para donde habrá cogido ese perro; él cree que me va a chantajear. Y para colmo de males, me escondió las cartas. ¡Ya llegará el día ¡ ! Ya llegará el momento en que tenga que venir a pedirme que lo perdone! ¡Porque de hoy en adelante le cortaré todos los servicios! Ya lo verá llegar, como siempre, con una mano delante y otra atrás… y ahora es peor, porque ni el aparato le sirve a ese cabrón. Yo sé lo dije, que como lo usara con otra mujer, no le iba a servir sino para mear. Y no me hizo caso, el muy perro. ¡Lástima! Porque hasta buen mozo que era; pero idiota ponerse a creer en lo que dicen las cartas. Debe andar por ahí, deambulando, buscando quien le levante el conjuro. Pero ya es demasiado tarde. ¿Quién podía curarlo, sí ya se le murió?
Ella, María Andrade De Lázaro, descendió de su monólogo interior y se sentó, nuevamente, en el borde de su cama, con la esperanza de que él volviera… porque ya comenzaba a sentir nostalgia, por esas cartas, por él, su Emiro, su pájaro, y su ardoroso y solitario nido. Se miró en el espejo que colgaba frente a la cama, pero su rostro ya no era el mismo, los años lo habían ajado tanto que le dio vergüenza de sí y, cerrando sus ojos, se tiró nuevamente en la cama, pero ya no le quedaban fuerzas en su memoria para seguirlo recordando.

No hay comentarios:

Publicar un comentario